No abracé a un muerto cualquiera

Mi hermano se inclinó ante el lecho medio vacío y algo revuelto, y rodeó con sus brazos el torso estático que en él se encontraba, a la vez que acariciaba con su mejilla aquel rostro enjuto de facciones huecas.

Yo acababa de llegar y sentía como mis ojos, nariz, boca y garganta se me resumían en un único dolor húmedo. Veía como aquel cuerpo inerte se arqueaba y como sus ramas acabadas en manos ya no se agitaban.

Mi hermano, con cierto tono imperativo, me pidió que le abrazara. Era la primera vez que veía un cuerpo sin vida y por consiguiente tampoco lo había estrechado nunca. Me incliné y rodeé con mis brazos aquel cuerpo seco, y le besé la sien. No lo estreché como lo hizo mi hermano; fui algo más moderado, pues me pareció sumamente frágil y como a punto de desencajarse toda su anatomía. Todavía podía notar su tibiez, como si la esencia vital todavía no se hubiera liberado por completo.

En ese momento sentí una sensación nueva para mí: pensaba que abrazaba a mi padre pero no le sentía. Era una sensación hueca, como correspondiendo a un acto únicamente físico. Dejé reposar aquel cuerpo que acababa de liberar su último aliento, lo miré y no vi en él a mi padre. Entonces me pareció entender lo que es la vida o tal vez el alma. Comprendí que lo que se ama es el alma, que lo que se percibe y se siente es la esencia de la vida que en cada persona impregna su cuerpo. Pero un día ésta se evapora vaciándose el cuerpo y lo que queda es algo que ya no es persona sino sólo su crisálida.

Mientras la esencia etérea de mi padre todavía nos envolvía, y viendo su cuerpo ya abandonado, me preguntaba cuantas veces le había abrazado. No recordé ninguna, ¿Y a mis hermanos? Tampoco recordé ninguna. Pues a mi hija; sí, a ella sí. A algunos amigos; también. Y a algunas mujeres.

A mi padre ya no estoy a tiempo de estrecharle entre mis brazos para sentir cerca su alma, mejor dicho, para impregnarme de ella, porque para sentirla no me ha hecho falta. Quien le ha conocido sabe qué quiero decir.

Recuerdo que hace algún tiempo vi en plaza Catalunya a personas que regalaban abrazos, anunciándolo en carteles que ellos mismos portaban. La gente se acercaba y se abrazaba a ellos. La verdad es que no pensé nada al verlo, ni en pro ni en contra; solamente sentí indiferencia. Yo no respondí al ofrecimiento. No sentía precisar ningún abrazo. Ahora pienso que tal vez llegue el día en que yo lo haga también, pero antes debo aplicarme con los más cercanos.

Dos días antes de que mi padre nos dejara, viendo que la vida se le escapaba, llamó a mi hija y le dijo: “A mi se me acaba; la vida es vuestra. Aprovéchala al máximo”. Creo que estas palabras, sencillas y tal vez tópicas, encerraban algún anhelo escondido. Él siempre tenía proyectos que a lo largo del tiempo iba llevando a término. Recuerdo que aproximadamente un mes antes, en su penúltima estancia en el hospital, paseando lentamente pasillo arriba y pasillo abajo me dijo: “Ya estoy llegando al final pero tengo esperanzas de tener tiempo para hacer todavía un par de cosas más”. Después de la que fue su última vez en abandonar el hospital (vivo), dispuso de dos semanas, pero no sé ni de qué cosas se trataba ni si las pudo hacer, pero de lo que sí estoy convencido es de que la importancia residía en tener el proyecto y en querer llevarlo a término, porque tal vez la vida no sea una caja de actos sino de anhelos.

Sí, la vida hay que aprovecharla, pero sobretodo hay que sentirla. El hacer resulta vació o indiferente si no se le pone el alma, ni si uno no se impregna de la esencia vital de los demás. El abrazo es un inicio; ayuda a sentir la vida de los demás y hace que nos sentamos vivos.

Estoy tentado de ensalzar y resaltar todas aquellas virtudes y buenas andadas de quien tanto hizo por mí, pero no debo hacerlo por respeto a él mismo, ya que rechazaba toda forma de adulación y de ensalzamiento hacia su persona. Solamente dos comentarios me atrevo a hacer al respecto:

Un buen amigo suyo, y como oficiante en su funeral, dijo que cuando mi padre se presentara ante Dios no sería preguntado por lo bueno y por lo malo que llevaba consigo sino por la gente que le acompañaba y por la que había acompañado en la vida. Si esto es cierto no dudo de que mi padre se encuentra en ese Cielo en el cual él creía.

Y mi agradecimiento por las muchas veces que me ha “sacado las castañas del fuego” y sobre todo por los valores que me ha inculcado durante toda su vida aceptando siempre mi libre elección y creencia, no coincidiendo a menudo con sus enseñanzas. Gracias a él “creí”, gracias a él fui libre de cuestionarme la “creencia”, gracias a él ahora soy “creocreyente” (creo en la creencia), y lo más probable es que gracias a él, antes de que yo abandone mi cuerpo, vuelva a “creer” en lo que me enseñó,… por si acaso.

No; no abracé a un muerto cualquiera. Había sido mi padre.

Fede Fàbregas,

En recuerdo del 22 de enero de 2012.

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