Confieso: me gustan los desfiles

Desfile 12-O (¿o de la victoria?)

Desfile 12-O (¿o de la victoria?)

Lo reconozco: me gustan los desfiles; especialmente los militares. Y el pasado día 12 gocé.

Me gusta contemplar el transcurrir trompetero del río con todo su atavío de perifollos por televisión, por aparecer enmarcado y por estar dotado de voz instructiva. Cuando los contemplo no veo ni guerra ni preservación de paz; me abstraigo sin más en solamente lo que veo y oigo, sin pensar en más representación, y convierto el chimpúm en cuadro constructivista en el que un conjunto de piezas mecánicas compuestas de pistones y bielas parecen mover un gran teclado mecanográfico mudo de signos.

Creo que este placer contemplativo tiene su origen en aquellas batallas que organizábamos mi amigo Joan Ignasi  y yo, a base de diminutos soldaditos, cuando creíamos que las guerras solamente existían en los juegos de infancia. Yo siempre tenía a los americanos porque él siempre quería a los rusos, y yo no sabía por qué, porque estos últimos eran los malos. Sí, porque en el kiosco se vendían caretas de demonios rojos con cuernos, con la cara de Khrushchev, que según me dijo mi madre era un señor ruso.

El constructivismo marcial de este 12-O me ha deleitado e instruido a partes iguales, por lo cual les hago partícipes de algunos pequeños detalles, siendo éstos, siempre, los más enriquecedores:

  1. La primera imagen que vi al poner la tele fue la de unos Colibrí y unos Super-Puma revoloteando por los aires madrileños.

Y digo yo: que lo de Colibrí vale, pero lo de Puma… No tienen alas pala volar, aunque es verdad que sí garras.

  1. Determinada porción del teclado andante me llamó especialmente la atención por su buen sabor que dejaba su visión. El relatador informó de que se trataba de un cuerpo conocido por su característica boina color mostaza.

Y digo yo: que cuidado tengan en sus andanzas de no mancharse de color kétchup.

  1. Me encantó el toque paradójico de que desfilaran los regulares de Melilla con fajín azul porque eran de Ceuta.

Y digo yo: que si la barra de cuarto pesa un quinto y el quinto contiene un cuarto, ¿por qué no van a poder ser de Ceuta los regulares de Melilla?

  1. Se informó de que en el desfile participaba mister universo.

Y digo yo: ¿Se tratará del Chuchenaguer? Hace poco estuvo por aquí.

  1. Me llamó poderosamente la atención la clase y estilo del saludo de guante blanco del rey. Y no menos, la rigidez marcial de la reina.

Y digo yo: que me acuerdo: “¡La palma de la mano hacia abajo, el brazo perpendicular al cuerpo y la punta de los dedos en la sien! ¡Joder!” También quedó patente que la reina no padece escoliosis; ¡por Ares, qué tiesa!

  1. Vi que con la legión también desfilaba Pepe.

Y digo yo: que los legionarios siguen a pelo-pecho descubierto y a paso jilguerillo, pero que se están ablandando… ¡Pepe era una oveja!

  1. Pero la virguería acrobática la realizó la Guardia Civil vestida de gala, que tocaba la trompetilla mientras montaba al trote.

Y digo yo: que tiene tanto mérito como pintarse los ojos montada en un carro de arriero haciendo camino por una vía romana.

Sí, me gustan los desfiles.

PD. El de la foto es mi papá un 12-O de los auténticos, de los de raza. Era empleado de banca pero por alto y guapo le hicieron cabo gastador. Sé que podría ser el desfile de la victoria pero prefiero el primero.

La patria de vidrio (III)

Miguel de Unamuno escuchando “¡Viva la muerte!”

Tercera epístola a los españoles de las Españas españolas y de las no tan españolas.

Desde mi más sincero egoísmo, con amor: Español, ¿tú me amas?

En ocasiones anteriores me he dirigido a unos y a otros, casi por igual, apelando a ambas entendederas; sin embargo, esta vez, si bien también desearía que me escucharan mis paisanos estelados, reconozco que mis palabras van dirigidas, sobre todo, a los dueños de la ñ patria.

Me siento también en la obligación de reconocer que últimamente peco mucho de egoísmo, temiendo que vaya mi yerro a más, pues el averno no cesa de incitarme con su cansina letanía de versos malditos por mentirosos, puesta en boca de sus rayados diablos, tanto de occidente como de oriente. Periódicos y otros altavoces no cesan de reproducir sus catecismos machacones llenos de frases prefabricadas por otros malignillos asesores, de poca monta, aunque sí astutos en técnicas de martilleo cerebral.

Me dirijo de forma clara a ti, español orgulloso de tu ondeante tilde que uniforma la inquebrantable piel de toro:

¡Dime!, español: ¿Tú me amas?

Pero piensa bien antes de responder:

¡Dime!  ¿Tú me amas?,… ¿o me quieres?

Porque el solo querer conlleva el mal tener, y sólo el ser amado propicia la escasa posibilidad de desear ser poseído.

Los pobres diablos que habéis elegido para mal mandar dicen que me quieren, y me lo creo, pero ¿me aman?, porque yo no siento atisbo de calor.

¿Y pensáis que a vosotros sí os aman? Tampoco. Ellos, como a mí, nada más os quieren. Ellos solamente se aman a sí mismo, y el ansia de poder les atrapa, pensando que cuanto más grande sea su una y libre, mayor será su poder. Y se equivocan.

El no omnipresente, ahora sí, con la n limpia de perifollos y la o redonda de susto, es todo desamor por estar despojado de más explicación. Porque la ley y la unidad por sí solas, sin más argumento  adjunto, son demasiado frías y mudas para ser razón de nada. Y si no hay razón no hay ley, y menos, unidad.

Y a causa de tan huecas razones de unos, y también de los otros, mi egoísmo crece, aunque no mi desamor, porque yo sí os amo a pesar de todo. ¡Cómo iba a ser de otra manera, si mi savia es de árbol de muchas tierras!: de las murcias, las sorias, los madriles y las catalonias, hasta donde yo veo. Porque yo os amo, pero sin quereros, ya que no deseo teneros en propiedad y en derecho; sólo podría ser compañero al igual; ni más, pero ni menos. Pero resulta difícil sin mutuo sentimiento, a falta del cual no quedaría más que la condición de buen vecino.

Amados españoles de todas las Españas, yo no deseo que me queráis, yo necesito que me améis, porque no solamente las voces de mando no me aman; vosotros tampoco, y eso me envilece en el egoísmo, porque me hace frio de pensamiento y aritmético de cuentas en beneficio de mis allegados y de mí mismo. Y si no hay más argumento, en este solo avatar me voy a centrar, independientemente de hacia qué lado se incline la balanza del tú más.

Sé a ciencia cierta que no me amáis, pues me lo habéis demostrado una y otra vez en el transcurso de mi vida. Decís que son tópicos, pero no, pues no lo son lo que en primera persona se vive: insultos y maldiciones por ser de donde soy, apelaciones por parte de personas ajenas a la conversación, a la buena educación por hablar en mi lengua natural, rescisión de contrato por parte de un gobierno autonómico por haber trascendido a la opinión pública el hecho de haber contratado a un profesional catalán (así constaba en la misiva recibida hace unos veinte años), y un etcétera, el cual no deseo detallar más, diseminado por gran parte de la geografía, todavía entera pero gravemente deshilada.

Hasta tal punto llega en muchos de vosotros el desafecto, que cuando algún paisano vuestro que habita entre nosotros sin sentirse catalán va a su pueblo, es despreciado y acusado de “catalán”. Doy fe de ello, y no como hecho puntual. A veces me he preguntado si este sinsentido es producto del odio o de la envidia. Si es por lo primero, la muestra de desamor hacia un pueblo es patente, y si es por lo segundo, resulta que pone de manifiesto un infundado y grave complejo de inferioridad. Porque no os equivoquéis, no hay catalanes que se sientan superiores, sino españoles que tal vez se sienten inferiores, sin lugar a dudas equivocadamente. Probablemente este ha sido el gran complejo español desde que las Españas dejaron de ser aquel imperio en el cual nunca se ponía el sol.

Sé que también hay quejas sobre desmanes en sentido contrario, y también banderas quemadas, lo cual repruebo con rotundidad, y pido perdón por ello aún no siendo culpable, al menos de forma consciente, pues ni he insultado ni despreciado nunca a nadie por ser de donde es, ni he quemado enseña alguna, ni he incitado a nada de todo ello. Yo también peco miserablemente, pero no en cuestiones de origen o raíces.

A pesar de todo ello, nunca he tenido en cuenta seriamente estos desafortunados hechos ─demasiados para poderlos considerar como puntuales─, asumiéndolos casi de forma cómica como parte del folclore español. Pero hasta ahora; porque donde antes veía caras de incomprensión, ahora advierto rostros rabiosos con mueca de odio.

¿Y después?,… de lo que sea.

Pues me temo que igual, ni más ni menos, pues advierto que así ha sido desde hace siglos. Decimos que habitamos una península, unas pocas islas y un par de plazas en continente ajeno, pero no es así. Navegamos en un árido océano donde el ondulante oleaje de odio y rabia asciende y desciende sin que nunca llegue la calma.

Hasta el ilustre profesor y escritor Miguel de Unamuno llegó al final a comprender, arrepintiéndose públicamente de lo mucho que había defendido y apoyado la sublevación fascista. ¿Y qué fue lo que le hizo cambiar, curiosamente apenas dos meses antes de morir?:

El 12 de octubre de 1936 era el día idóneo ─el día de la raza─, para escuchar un buen vómito en boca del general José Millán-Astray, en el acto de apertura del curso académico de la Universidad de Salamanca, y de la cual Don Miguel era su rector:

“¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!”

Miguel de Unamuno era vasco, y oyendo tales esputos sintió el desamor de quienes consideraba los suyos, y advirtió su rabia cuando les escuchó exclamar “¡Viva la muerte!”

Y yo soy catalán, y también siento el desamor y he oído muy próximas palabras de perecimiento.

Podéis tildarme de dramático, pesimista o derrotista, pero no lo soy, solamente estoy colocando un espejo frente a vosotros, para que podáis ver el eco de vuestras propias voces, y oigáis la imagen de vuestros rostros desencajados.

Y me diréis que no sois todos, los enmarcados en ese espejo. Ya lo sé, por eso os pido a vosotros, los que estáis fuera de él, que no os quedéis callados y alcéis la voz para que os oiga, y así consiga no ver tanto desafecto.

Sí, amados españoles, es por todo esto que no tengo suficiente con solamente razones de ley, de unidad o rompimiento, de apocalipsis, de temor a exclusiones europeas, o de orgullo de raza torera y de buen sazonador de tortilla española; ni tampoco, mis no menos amados estelados, con las únicas razones de que España nos roba, de que la solución económica está en la independencia o de que nuestra cultura peligra, de que el pueblo está oprimido, de que Europa no puede pasar sin nosotros, o del orgullo pueril de comer pa amb tomàquet i botifarra amb seques, o de decir collons que suena mejor que cojones. Todo esto y más he oído y leído, y sobre ello quiero saber más; de lo serio, claro está; o mejor dicho, de lo que puede parecer serio, porque es posible que algo tomado como tal resulte no serlo.

No quiero predicciones; sólo necesito datos y razones basadas en ellos. Para interpretar oráculos ya me basto yo. Quiero saber por qué la ley es inamovible y la unidad conveniente; por qué una ruptura sería apocalíptica y por qué debería estar orgulloso de ser español (no me vale la roja ni los toros); y el porqué de la fijación obsesiva con mi idioma natural, que no materno, el catalán. También quisiera saber cuánto nos roba España, y qué operaciones aritméticas muestran que la independencia es la solución de la economía catalana, que es la mía. Y otras muchas cosas de las que nadie habla, porque seguramente sabemos más nosotros que ellos: ¿y luego de lo que sea qué?, porque eso quiero conocerlo antes de cualquier cábala; ¿quiénes habrá y como se lo montarán?, y aunque lo parezca, no me refiero solamente a los soberanistas, sino también a los unionistas, porque ellos ya mandan y ya parecen mostrar sus plumas de pascua. Quiero que por parte de estos últimos se cuantifique las cuotas de solidaridad por adelantado, y si van a ser en dos direcciones o solamente en una; quiero saber que entienden por diversidad, más allá del hecho pintoresco, dando a conocer el nivel de respeto (sólo cabe uno, el total y absoluto) que va a haber de la cultura natural, ésa la cual siento como mía. En definitiva, quiero saber qué cuota de amor voy a tener.

Sí, quiero saber todo esto, porque el egoísmo me lo requiere y el poco amor que recibo no es suficiente para redimirme de este pecado.

Decidiré según haya explicaciones, sea lo que sea lo que favorezca a mi entorno y a mí mismo. Sin miedo a nada, ni a lo uno ni a lo otro, porque ser español nunca me ha dolido ni importado, aunque admito que nunca he encontrado razones para sentir orgullo de ello; ni tampoco ser únicamente catalán me amilana, porque –insisto con la palabra− sería lo natural. Lo que menos me importa es el carné y su bandera; sólo el ser amado, y ahora también el bienestar de mis allegados y mío.

Así que ya veis; ante tal paradigma, de momento, no me queda más que mi egoísmo, el cual os advierto que como pecado que es, no es nada ecuánime, y que en caso de acabar en tablas la fría información obtenida de las negras y las blancas, siempre regirá en sabio juicio, la ley de la línea blanca: la de la falta en la línea de área; si soy atacante siempre la veré dentro, y si soy defensa siempre fuera. Y es que el sentimiento es lo que acaba de establecer el juicio acertado.

De verdad os ruego, españoles de todas las Españas, que cambiéis cerbatana envenenada por arco de Cupido, y a partir de ahí veremos; porque si sólo me queréis, mal me tendréis, a pesar de que yo sí os ame.

Fede Fàbregas

Un catalán, tal vez también español si me amaras.

Mayo, 2014

¡Ha nacido una estrella!… otra… Aleix, digo Alejo…

Algunos políticos picoteando

Algunos políticos picoteando

Sintiéndome entusiasmado como astrónomo escuchador de ecos galácticos provenientes de rutilantes estrellas de la “PP” (política y pantalla), y reconociendo una vez más mi debilidad por los trastos y los desperdicios del presente, porque éstos se dignificarán formando las colecciones del futuro, proclamo una vez más mi verdadera vocación: la de trapero y chatarrero, o sea la de coleccionista.

Colecciono muchas cosas, la mayoría inútiles; unas son tangibles y otras intangibles, unas son más físicas i otra más etéreas; pero últimamente siento debilidad por los “cromos” casi nunca repes, de voz esperpéntica pero a la vez graciosamente imaginativa.

Son muchos los ejemplos, pero sólo voy a mostrar parte de mi colección más friki.

  1. Aquel señor al que antes conocíamos como Aleix y ahora como Alejo, que recientemente ha cambiado el guano de las gaviotas por otro más arcaico laxado por los pterosaurios, y que recientemente se ha enrolado en la deriva de un nuevo partido con nombre de diccionario; aquel señor, en el púlpito de su cripta, ha graznado la muy ocurrente frase de que si Catalunya (perdón, Cataluña) fuera independiente “sería un harapo vacilante”.

    Y digo yo: que deseo con todas mis fuerzas imaginarme eso, un harapo vacilante; pero no lo consigo. Si llego a verlo, por Tutatis que lo pinto. Me pregunto si será vacilante de “vacile chulo playa” o de vacilante de indeciso. Sea como sea, su ocurrencia me ha hecho enseñar hasta las muelas de mi ya perdido juicio, y me ha hecho pensar que tamaña inspiración le haya podido fluir gracias a la difracción de Fraunhofer (*) instalada en su cerebro desde su época de Catedrático de Física Atómica y Nuclear.

    (*) Aclaración: difracción del campo lejano;… muyyyyy lejaaaaano.

  2. Y de los pajarracos a las florecillas, porque las estrellas también regalan rosas rojas (no de Sant Jordi). En esta ocasión es el diputado socialista A.M. Carmona, que emulando el sinsentido de mi no menos admirado astro sabio Savater, suelta como si nada: “Cataluña es una región de España, que es más que ser una nación”.

    Y digo yo: que otro día hablaremos sobre el orgullo de ser o no ser una cosa u otra, que hace decir tamañas brillanteces. No sé si estas estupideces se dicen por estética vocifera o por convencimiento. Si es por lo primero, el señor A.M. trata de imbécil a su oyente, lo cual le deslegitima para ser político al servicio del pueblo menospreciado que le paga; ¿y si es por lo segundo?; pues como las ovejas negras de El Eugenio ─paz descanse─… también, también; porque demuestra que su sesera no está lo suficientemente bien amueblada como para saber discernir lo que es más o menos importante. Mejor haría dedicándose a la poesía gorgorina, ─que no gongorina─.

  3. Un jovenzuelo formalito, seriecito, arregladito y bien peinadito, como diría mi abuelita, con toda la pinta de pertenecer a Nuevas Generaciones del PP, hace algún tiempo (ésta me la apunté), en un ataque de honradez “lazarilla”, y creo recordar que hablando sobre las bajadas de sueldos de funcionarios, diputados, etc., dijo con cara de niño bueno, es decir, con cara de Pablo Casado, que si le bajaban el sueldo no le importaría asistir al congreso de los diputados solamente para votar.

    Y digo yo: que ¡será geta el caraniñobueno de misalito de primera comunión!… ¡cobrar para ir a pulsar un botón que, por si fuera poco, está dotado de la indicación “pulsar aquí”! Estos son los políticos pensantes del futuro, que han aprendido bien de los del presente. Miedo me da; al tiempo;… también ha sido vocal asesor de Aznar.

Reivindico la existencia del infierno

¿Qué demonios son?

¿Qué demonios son?

Y digo yo: Locuacidad y grandilocuencia, un escaparate de la nada.

Últimamente me molan los debates y las discusiones, tanto televisivas como vivientes, no por la información que me proporcionan, ni mucho menos por servirme de método de aprendizaje y de crecimiento personal (de eso nada), sino por lo entretenido y morboso que me resulta escudriñar en la personalidad de los parlanchines que habitan la mayoría de los medios.

Últimamente he observado que se habla mucho pero que se dice muy poco, y eso debe tener su mérito, porque proporciona rédito económico a muchas bocas llenas de verborrea, que con su altisonancia y su sonora voz dejan boquiabiertos a la llana plebe, que acaba creyendo algo que jamás ha entendido. A esto, el ser humano siempre ha estado dispuesto, ya que no requiere esfuerzo, y me temo que en las Españas, esto, hasta se aplaude y se recompensa con un puesto en la política.

Hace unos días presté mucha atención a lo que decía el protagonista de un debate en televisión, supuestamente entendido todavía no sé en qué, y el cual parecía ser su principal escucha. Su presencia resultaba contundente y su voz gravemente radiofónica, y su look, sin lugar a dudas, correspondía al de un intelectual seguro de sus ideas, que exponía, según se le iba preguntando, sentando cátedra.

Tal malabarista de la palabra resultó ser Fernando Savater; filósofo, escritor, y seguramente alguna cosa más; según se dijo también, votante de UPyD, y por si todo fuera poco, padrino de Ciutadans de Catalunya, ─ya saben, esa asociación opuesta al nacionalismo catalán, o sea a favor del nacionalismo español, también impulsada por otros intelectuales entre los que destaca el también celebérrimo verborrágico Albert Boadella─.

Me pareció que sus palabras caminaban entre la nada y lo aparente, o sea en la confusión, creo yo que premeditada, para que sonaran a algo que no es pero que se quiere que sea. Pronto me di cuenta que su parloteo hábil se basaba en unir palabras, frases y conceptos de colores opuestos, incluso discordantes, para que el conjunto brillara, explicando poco o pervirtiendo la verdad.

Algunas de sus aseveraciones me parecieron especialmente chirriantes:

1. Como era de esperar, llegó el tema de Catalunya, y sobre la pretensión soberanista se le preguntó “¿de qué hablamos?”, a lo que respondió con voz segura y altisonante: “Hablamos de unidad democrática”.

Y digo yo: ¿Mande? ¿Me lo puede explicar? Lo siento pero me huele a perversión de los términos. Me temo que en este caso no se refería a una “unidad” como la que se dio en Bolivia a finales de los años setenta, en la que se unieron los partidos de izquierdas antes de acabar en una dictadura, o como la que tuvo lugar en Venezuela en 2008 para reforzar la oposición a Hugo Chávez. Me cuesta creer que tal ilustre conocedor de la palabra haya podido confundir “unidad” con “uniformidad”. A mí no me la pega.

2. Llegados al no menos sobado tema de la corrupción, soltó la siguiente sentencia: “La corrupción en sí no es mala, lo que es malo es su impunidad”.

Y digo yo: que sí señor, que eso es sabiduría y lección de moral, esa que en España subsiste desde que se tomó como catecismo la novela anónima “Lazarillo de Tormes”, en la cual el héroe es el listillo personaje que roba al ciego. Dicen que esa obra literaria fue la precursora de la novela picaresca. ¡Vaya que si lo fue!,… España es esa novela en la que si no te pillan todo es bueno. Acabaré pensando que fue bueno inventar el infierno.

3. En esta ocasión no recuerdo de qué iba el tema, pero sí tengo grabada la gran frase de papelillo de caramelo: “El intelecto no vale nada sin el coraje”.

Y digo yo: ¿que si eso quiere decir algo? No sé, pero brilla. Por cierto, ahora me acuerdo de que en cierta ocasión muy lejana, cuando apenas contaba con diez años, el miedo me salvó la vida evitando que cayera en un pozo, ─pero ésta es otra historia─.

4. Y ahora, una sobre ETA, etc.: “Se pueden hacer mensajes sexualizantes, pero…”.

Y digo yo: que se preguntarán a qué viene eso. Pues yo también me lo pregunto, pues el tema no es precisamente “excitante”. Rutilante pero estúpida mezcla de conceptos contrarios: sexo y desamor,… vida y muerte.

5. Y para cerrar el periplo de desajustes verbales, vuelta al principio: “El independentismo es una manufactura reciente”.

Y digo yo: que esta frase es especialmente incierta, además de perversamente acusatoria. Tal vez hubiera sido más inteligente por parte del señor Savater, tener el coraje aludido, para citar de paso donde está instalada la fábrica manufacturera, para percatarse de que tal vez él mismo sea uno de sus capataces.

Ya ven, los debates televisivos a veces son entretenidos y densos.

Fede Fàbregas

A cornadas y coces

A cornadas y coces (El coche no es mio)

A cornadas y coces (El coche no es mio)

Siguiendo con aquellas pequeñas cosas que salan la vida después de las vacaciones, y que imprimen las calles de rojo y amarillo, tanto en septiembre como en octubre (aunque en distinta proporción), continúo quedándome impresionado, esta vez, a causa de pequeños discursos en boca de pululantes de las alturas y de las bajuras:

1. No me preocupa el eslogan “Som Catalunya, somos España”, porque políticamente es cierto (de momento), y al menos acierta en el orden de los términos. Pero sí me preocupa el oír en bocas delatadas por el subconsciente, la frase exclamatoria “¡Cataluña es “de” España”!, evocando el sentimiento más genuino de los ancestros de las Españas, existente cuando los países no eran más que terruños que se conquistaban a base de acero y plomo, sin consulta previa, por el sólo capricho de demostración de poder; o cuando los países se repartían en reinos, cuando un rey moría, entre los hijos herederos. Ahí sí que no importaba la unidad de nada ni la independencia de lo que fuera.
Y digo yo: ¿no sería más acertado que todos esos “cides campeadores” afinaran más en su exclamación y aclamaran “¡Cataluña es de Castilla!”?

2. Viendo un reportaje teñido de enseñas rojigualdas de tamaño natural (no como las de algún ayuntamiento de Catalunya), ondeantes bajo el sol español de Madrid, escuché a un abanderado entrevistado por TV3 que decía algo muy poco importante que no recuerdo y otra cosa mucho menos importante que sí recuerdo por el tono en que lo dijo: “… ¡Que Colón no era catalán! ¡A ver si os enteráis!”. De verdad, es lo más gracioso que he oído desde lo de las empanadillas de Móstoles.
Y digo yo: ¡Que a los catalanes nos importa un rábano si Colón era catalán, genovés o de Valdebebas! ¡A ver si os enteráis!

3. Recuentos de asistentes a las manifestaciones:
11 de septiembre: Delegación del gobierno, 600.000; Guardia Urbana, 1.500.000; Organizadores, 2.000.000.
12 de octubre: Delegación del gobierno, 105.000; Guardia Urbana, 30.000; Organizadores, 160.000.
Y digo yo: que las estadísticas sobre el conocimiento de matemáticas de los pululantes españoles, ¡por Tutatis que son ciertas! Para evitar discusiones propongo “el cuento de la vieja”: situar en cada bocacalle a un trío de ilustres personas; un gorila discoteca con su contador de aforo digital (dedillo, dedillo, dedillo…al gatillo), un ilustre notario que dé fe de cada “gatillazo”, y el señor secretario, que es aquel señor que te viene a la salita con pinta de notario pero que no es, precediendo al que viene después con más pinta y que sí es.

4. El señor Aznar asoma por la recepción real, y cuchichea a la reina de las Españas, probablemente, algo sobre defender no sé qué de una unidad de no sé qué. ¡Glups,…qué miedo!
Y digo yo: como Bart Simpson… “¡Multiplícate por cero!”.

Simples ocurrencias y acontecimientos

Me impresionan las simples ocurrencias, pero poco antes de las vacaciones de verano escuché o leí ocurrencias no tan simples que a pesar de ello me impresionaron:

1. Está Bart Simpson en el cine, sentado al lado de la barriga de su padre, ambos comiendo palomitas y viendo una peli en tres dimensiones, y el crío pelosierra y amarillo suelta: “¡Uuuuuaaaaaaauuuuuu, qué pasada! ¡Ojalá la vida real también fuera en 3D!”

Y digo yo: sí, ojalá lo fuera.

2. No me impresiona que Juan Carlos Gafo, en un alarde de ensalzamiento de la marca España, soltara aquello de “catalanes de mierda”; pero sí me impresionó lo que escribió, en contestación a ello, Francesc Bonastre en el Periódico: “Si los catalanes desean dejar de ser “una mierda”, la única opción es la independencia”.

Y digo yo: ¡cuántas lecturas se pueden hacer!,… una de ellas me recuerda peligrosamente el ping-pong.

3. Y ésta va de arte. Hablando sobre el afán actual hacia el pasado, hacia lo “retro” o “vintage”, en la editorial de la revista Fluor, revista de cultura contemporánea altamente recomendable para la salud cognoscitiva, se citaba la siguiente frase: “La basura de nuestros días es el coleccionismo del futuro”.

Y digo yo: que en numerosas ocasiones he dicho, incluso escrito, que mi gran vocación frustrada es la de trapero y chatarrero; (la de afilador y la de señor del carrito del “mantecao helao” también).

Durante las vacaciones estuve viajando por las Españas españolas y el azar me ofreció sencillos acontecimientos, al cual más impresionante:

1. Íbamos mi coche y yo, ambos dos y yo dentro de él, rodando por una carreterilla de El Bierzo en busca de oro a Las Médulas, cuando se nos presenta el rótulo de acceso a un (aparentemente) sencillo pueblecillo que obligó a mi cuatrirecauchuto compañero a parar para que yo tuviera ocasión de tomar una memorable instantánea que diera fe del topónimo correspondiente a tan curioso lugar: “Villalibre de la Jurisdicción”.

Y digo yo: Con todos mis respetos para con sus lugareños, ¿será paraíso y refugio ocasional para algún chorizo nacional? (Sé que es un chiste fácil, pero a la vez inevitable).

IMG_12832. Un poco más allá, muy cerca, donde el oro ya lo birlaron los locos romanos hace siglos, otro rótulo obliga a abrir y cerrar el ojo de mi cámara (la grande, la que pesa y te hace andar como en reverencia) para obtener la instantánea de un texto más que claro, escrito por un tendero escrupuloso que intentaba vender productos de la tierra de forma legal, a diferencia de sus vecinos “enchufaos” de las autoridades competentes, que como vulgares “lateros”, impunes, vendían productos y hacían comidas sin ninguna clase de control y garantía. Para leer el texto del rótulo vean la imagen.

IMG_1233Y digo yo: O el vecindario está empadronado en Villalibre de la Jurisdicción, o los rotulistas, por la proximidad de ambas poblaciones, se han equivocado al ubicar las señales de acceso a ellas. Por cierto, a tan cuerdo tendero le compré un Cuturrús excelente (Por si a alguien le suena a otra cosa, aclaro que se trata de un licor ancestral de la ciudad sin ley).

La patria de vidrio (II)

Este coche tampoco es mío.

Este coche tampoco es mío.

Segunda epístola a los españoles de las Españas españolas y de las no tan españolas

Las patrias son vítreas como los países que las soportan; y no por su transparencia. Pueden parecer duras y “unas”, pero lo son como el vidrio, que a pesar de su extrema dureza y su entereza, un golpe seco lo rompe en fragmentos; y cada uno de ellos sigue siendo duro y “uno” como el primigenio, además de más difícil de romper. Y esto no constituye un inconveniente, solamente es consecuencia de las características del “material” que lo integra. Es más: si bien una gran luna de cristal, gracias a su transparencia, puede dejar ver la belleza de lo que se encuentre más allá de él, un gran rosetón gótico, formado con gran cantidad de fragmentos distintos de vidrio, lo que puede mostrar  es su belleza intrínseca, la que deja ver en sí mismo, independientemente de lo que se encuentre a ambos lados de él.

Al respecto, cabe pensar que este símil es aplicable a un país en relación a sus porciones políticas, llámense regiones, autonomías o estados federales; sin embargo, puede no ser acertado verlo según este punto de vista si existe la imposición de un dispositivo excesivamente hegemónico, el cual diluya o neutralice los rasgos característicos y propios de cada partición político-geográfica, como pueden ser su lengua natural, su historia, su cultura, o el sentimiento mayoritario de su pueblo. A este caso, más bien le correspondería el símil de la falsa vidriera, que es aquella en la que, compuesta por un solo vidrio, los distintos fragmentos están simulados mediante pintura. Es decir, se quiere aparentar una cosa pero la realidad es otra.

El verdadero rosetón patrio es aquel cuya ligazón no es ficticia, y en el que las fronteras unen más que separan. Para ello, esas líneas delimitadoras deben ser claras y naturales, y para que así sean no pueden esconder hegemonía diluyente, no pueden estar pintadas; deben ser algo flexibles con el fin de ceder a las embestidas de los agentes externos comunes, para luego recuperar su posición una vez pasado el vendaval. Pero también han de ser resistentes y bien medidas para impedir el desprendimiento de los distintos fragmentos. En definitiva, lo que al rosetón le hace falta es un buen emplomado.

Pero si el maestro emplomador no sabe o es un estafador, al fragmento vítreo, por pequeño que sea, más le vale ser parte integrante de otro rosetón o permanecer brillando con su única y natural luz propia.

En el verano del 76, mi buen amigo Jordi ─cuya amistad todavía conservo en el presente─ y yo, ambos con la mayoría de edad recién cumplida, que por aquel entonces se situaba en los 21 años, realizamos un viaje en “850” por gran parte de Europa, encaramándonos por el mapa siguiendo rutas por el centro y el oeste, hasta llegar a tierras del norte ─Dinamarca, Suecia, Noruega─ para nosotros cartografiadas hic sunt dracones, para luego descender por rutas más orientales. Este era el primer viaje contundente que hacía fuera de España, y aparte de conocer otras ciudades, otros parajes y personas raras que a veces votaban, también experimenté sensaciones hasta entonces totalmente desconocidas. La más impactante fue la inmensa sensación de caos, desorden, arbitrariedad y de mal gusto, que se me produjo al llegar a una ciudad de cuento, desconcertante, y hasta casi diría que de visión cegadora. A pesar del gris del cielo y de la luz tristona que inundaba las calles, un sarpullido de colores rompían, desentonando unos con otros, la armonía de grises y mediocres de la metrópoli.

¡Ostras! ¡Los automóviles son de colores!, exclamé horrorizado. ¡Qué aspecto tan grotesco aportaban a la ciudad! Incluso llegué a ver que los coches de la policía eran de color naranja. A pesar de ello, como este aspecto era bastante común en la mayoría de ciudades europeas (a excepción de Francia), llegué a acostumbrarme a tanta disonancia.

Pero luego ocurrió algo mucho peor. Después de un mes de caos visual, cruzamos los Pirineos ávidos de orden y sensatez, y bajo un cielo azul intenso en el que el sol brillaba como hacía tiempo que no veíamos, el país se nos presentó apagado, anodino, aburrido, sin sustancia, neutro y mediocre. Los automóviles seguían siendo blancos, negros o grises. Todo nos parecía desvaído, soso y sospechosamente uniforme. Notamos, sin saberlo, que el colorido de la libertad todavía estaba por llegar.

Creo que aquellos tiempos me traumatizaron para siempre, ya que a pesar de que hace tiempo que el color llegó a la península, ahora me doy cuenta de que todavía no he sido capaz de tener un automóvil que no sea blanco, negro, gris o plata metalizado; y de que a lo máximo que llegué, fue a tener, en los años 80, un “127” de color caca de oca ─que por otra parte tampoco es poco el atrevimiento─.

Desde luego, siguen habiendo muchos más colores pululando por las calles transpirenaicas que por las de nuestros lares, y no creo que sea por cuestiones de mal gusto bárbaro. Tal vez, al igual que yo, inconscientemente, todavía nos encontremos inmersos bajo los efectos de los éteres que difuminan los deseos transgresores que hacen superar, o al menos escampar en cierta medida, la espesa niebla de la  tradición unificadora, o sea represora, de antaño.

Pero hay quienes parece ser que piensan que la niebla debe ser todavía más espesa, para que todo aparezca mucho más ordenado, es decir, obtusamente igual, y desde sus puestos de mando intentan repartir elementos “loquesea-izantes”, para intentar que los colores desaparezcan definitivamente. Y contra eso no hay suficiente con encender los faros antiniebla; lo que hay que hacer es soplar enérgicamente para que las brumas se desvanezcan.

Pero cuando a uno le tapan la boca y se le impide soplar, lo que sucede es que tampoco puede respirar, y entonces, aquella falta de color se convierte en una cuestión vital que hace que uno se revuelva en busca del aire negado.

Me cuentan, que érase una vez no muy lejana, en que había un país tampoco muy lejano, en el cual parte de sus ciudadanos necesitaba aire para respirar porque se le intentaba tapar la boca para que no pudiera soplar. Y esas personas, durante un tiempo, se agitaron pacíficamente en busca de aire, lo cual preocupó enormemente al monarca del país, que mediante una misiva de intención conciliadora y evocadora de valores, según él históricos, y probablemente surgidos en la época de un imperio amébico (de ameba); decía al pueblo que no hay que perseguir quimeras, o sea utopías, pues al parecer, creía que las leyes de su reino venían escritas desde el  mismísimo Cielo, y que era imposible cambiarlas, no fuera que el buen Dios dejara de proveer de gracia unificadora  a su pueblo.

También me cuentan que esta historia todavía no ha acabado de ser escrita, y que por tanto no se conoce su final, y yo no voy a ser quien haga conjetura al respecto actuando de adivino, no sea que el oráculo no se pronuncie en pro del diálogo y de la solidaridad bidireccional; en definitiva, de la paz y del progreso.

Al respecto, creo que puede existir una pócima milagrosa cuyo componente es simple y único, pero a la vez difícil de encontrar: el pensamiento divergente, que es aquel mediante el cual a una misma cuestión se le busca y encuentra varias respuestas posibles.

Las orejeras del pensamiento único no deberían existir ni para los asnos ni para los toros.

Un último pensamiento. Hablando de quimeras y utopías, quisiera decir que estoy casi seguro de que en este mundo lo único que no se puede alcanzar, por mucho que te lo propongas, es el horizonte; pero a pesar de ello pienso que vale la pena perseguirlo.

Sé que si doy un paso hacia él, éste retrocederá uno de la misma medida, si doy dos pasos se desplazará otros dos, y así hasta el infinito. Entonces, ¿para qué perseguir al horizonte?,… pues para alcanzar un día lo que en él se encuentra, ya que la gran horizontal se desplaza, pero no arrastra lo que en ella se encuentra; y como escuché de no recuerdo quién: perseguir al horizonte, o sea a la utopía, aunque no se alcance jamás, sirve para andar.

Fede Fàbregas

La patria de vidrio ( I )

A cornadas y coces (El coche no es mio)

A cornadas y coces (El coche no es mio)

Primera epístola a los españoles de las Españas españolas y de las no tan españolas.

Sí, creo que estos son los mejores días para escribir estas palabras.

Aunque no lo hago en previsión de nada, pues nada hay que prevenir, sí que lo hago desde la perplejidad que me ha producido el haber visto la película de mi vida patriótica, rebobinada con la ayuda de los acontecimientos habidos en los últimos tiempos, en nuestros países, que no son ni uno ni dos, sino bastantes más.

Igualmente, creo que va a extrañar a los que me conocen, tanto a los de aquí como a los de más allá, que me exprese en los términos que lo voy a hacer, ya que supongo que cada cual piensa que mi actitud con respecto a cuestiones patrióticas es la misma que la de ellos, por el simple automatismo de la afinidad en otros aspectos de la vida, y también porque supongo que no he hablado mucho sobre ello, quizás por no verme en la necesidad, y porque ya hablan ellos.

Y lo suelto a bocajarro: por primera vez en mi vida he tenido conciencia de que no soy patriota, y de que ni siquiera me gusta la palabra patria. Y de que las banderas, los símbolos y emblemas tampoco me han reclamado nunca la atención; ningunos y ninguna. Ni siquiera el logotipo de la empresa que cofundé hace más de quince años y en la cual hoy todavía trabajo, me produce otra sensación que no sea la de saber que solamente identifica a mi empresa. Me ha sorprendido darme cuenta de que ni siquiera encuentro estético el ondear de las enseñas, y que solamente me he fijado en ellas para observar la dirección del viento. Y por no gustarme, de las banderas, no me gusta ni el mástil, porque no soporto ningún palo en alto; ninguno. Tal vez esto me ocurra porque siempre he pensado que todo ello solamente constituye símbolos de identificación, para distinguirse de otros colectivos homónimos y nada más. Es más, pienso que estandartes, banderas, escudos, uniformes e himnos, tuvieron su origen en la necesidad de distinguirse del enemigo ─también de amedrentarle─, para no confundirse en la selección perversa de la víctima, cuando las personas se aporreaban, machacaban y mataban en luchas cuerpo a cuerpo. Con el tiempo, y gracias al “progreso”, las distancias de aporreo han ido aumentando, hasta el punto de que tal vez ya no exista la necesidad de distinguirse, pues es absurdo pensar que alguien, por equivocación, vaya a lanzar un misil al compañero que le ayuda a colocarlo en la lanzadera. ¿Y qué pasa con los civiles?; pues nada, sólo son daños colaterales y no les hace falta identificación. Y como el sentido funcional de todo ese aparato identificativo casi ha desaparecido, y ya empieza a resultar arcaico ─no para todos─ luchar en nombre de Dios, hay que encontrar en nombre de qué se hace. Y así se mantienen los actuales ídolos de la causa: ¡por la bandera!, ¡por los colores!,… ¡por la patria! Sólo una cosa sigue igual en cuanto a colores: la sangre de las víctimas todavía es del mismo rojo para todos; y seguimos sin verlo.

Yo soy de los anacrónicos a los cuales la patria le brindó la oportunidad de “hacerse hombre” a los veinticinco años, enfundado en burdas ropas caqui que picaban lo indecible, calzando botas de media caña, correteando debajo de gorras y boinas, y arrastrando un pesado cetme ─fusil ametrallador, con bocacha apagafuegos─. Tuve el “orgullo” de pertenecer a la compañía con más tradición y dureza, con respecto a las salvajes y estúpidas novatadas de toda la España castrense; sin embargo, salvo ese periodo de tres meses, el resto de la estancia “vacacional”, siendo sincero, fue relativamente plácida, dadas las circunstancias, pudiendo entablar amistad extramuros con lugareñas y lugareños. ¿Compensó?: rotundamente no.

Casi al inicio de tan sagrada campaña, me obligaron a desfilar por delante de la bandera, haciéndomela besar mientras le juraba fidelidad y defenderla. ¿Vale un juramento obligado?

Siempre he pensado que muchas situaciones de la vida no constituyen otra cosa que montajes teatrales para sugestionar y provocar sentimientos. Y lo que suele suceder es que quien obliga es quien más se lo cree. Sólo un detalle de risa que alimenta mi recelo a las banderas: recuerdo que a la pompa y a los juramentos les sucedían los vítores patrióticos, y en los ensayos ─teatro y teatro─ nos aleccionaban de cómo había que responder al vítor de  ¡viva “lo que sea”!. Cuando, al unísono, a la aclamación se le respondía con un ¡viva!, había que pronunciar ¡PIPA!, porque si no, se escuchaba ¡ia!, y parecíamos arrieros… Más teatro.

Me pregunto que si en el caso de que una “real” quimera se hiciera realidad, habría la obligación de responder a la voz de ¡visca “lo que sea”!,… ¡PISPA!, que traducido al castellano ─o español; a mí me da igual─, sería… ¡ROBA!

He leído en diccionarios e Internet que la palabra “patria” sirve para “designar la tierra natal o adoptiva a la que un individuo se siente ligado por vínculos afectivos, culturales o históricos, o también para designar el lugar en donde se nace”. Aquí se me plantea una primera cuestión: ¿a qué se considera tierra natal? Sí, a la que uno nace, pero al concepto tierra o lugar ¿le corresponde un límite mínimo o máximo de extensión? Y otra segunda: los vínculos afectivos ¿surgen de un  sentimiento interior de cada persona o vienen impuestos por su exterior?; y los vínculos culturales o históricos ¿corresponden a un ámbito muy próximo, próximo o remotamente próximo?

Según este planteamiento y suponiendo que deba ser patriótico, he de admitir que soy raquíticamente patriota, pues mis índices de extensión y proximidad son de tal cercanía a mí, que no caben fronteras; en términos matemáticos, diría que tienden a cero.

También he leído otras definiciones, como la que dice que “se llama patria a la tierra natal de los padres de una persona, a la cual se siente ligado afectivamente sin necesariamente haber nacido en ella”, completándose con que “el significado suele estar unido a connotaciones políticas o ideológicas, y que por ello es objeto de diversas interpretaciones así como de uso propagandístico”.

Esta definición, dejando aparte de que creo que corresponde más a una opinión Wikipedia que a otra cosa, puede tener cierta lógica en cuanto al origen de la palabra patria, que viene del latín patris y que significa tierra paterna, pero a ella también se le puede plantear las cuestiones antes citadas, sobre el concepto de extensión y proximidad, incluso haciéndolo extensivo al concepto de generación.

Según esto, y teniendo en cuenta el aspecto “infimotesimal” de mi sentir, ¿cuál debería ser mi patria?; porque mis padres son nacidos en Catalunya, pero mis abuelos ninguno: los dos maternos son de Jumilla (Murcia), mi abuela paterna es de Agreda (Soria), y mi abuelo de Madrid, a pesar de tener apellido catalán. Sin embargo, todos ellos, padres y abuelos, van a permanecer más tiempo en Catalunya que en otra parte, porque aquí se encuentran reposando. ¿El interminable descanso eterno cuenta para el patriotismo?

¿Y, los ascendentes y los ascendentes de los ascendentes? Sé que tengo antepasados catalanes, me suena que los hay franceses,… y tal vez también los haya árabes, o visigodos, o romanos, o cartagineses (muy probable), etc.

Según esto ¿cuál es el grado de proximidad generacional que ha de generar mi sentimiento patriótico? Sé la respuesta de muchos: da igual, la cuestión es global; está claro que mi sentimiento patriótico debe ser el correspondiente a la patria madre en la que se resume todas las demás patrias y sentires. Pero el caso es que mi sentir puede partir de una cuestión territorial, cuyos límites, como ya he dicho, son tan próximos a mí que no caben ni las fronteras.

En términos patrios hay que distinguir entre lo que se es y lo que se siente que se es. Porque lo que se es tiene un carácter circunstancial, y normalmente viene dado de forma ajena a la persona, pero lo que se siente nace del interior del individuo. Lo que se es lo pone la madre sin preguntar y los mapas geopolíticos. Lo primero es inamovible, pero con respecto a lo segundo, pensar que también resulta perpetuo es de una necedad muy obtusa; sólo basta con repasar la historia y sus mapas. Un dato al respecto: la historia universal (forma pedante de referirnos a la de nuestro mundo), nos muestra que las configuraciones aproximadas de los países no duran más de quinientos años. Según esta estadística, España ya está por cumplir, y no encuentro razón para pensar que ésta (o Ésta para los muy patrios), por mucha “ñ” que contenga, esté por encima de la evolución geopolítica e histórica de la humanidad. O sea, que lo que soy hoy, tal vez mañana no lo sea, una vez más, tal vez, sin tampoco haberlo escogido yo,… o sí.

En cuanto a lo que uno se pueda sentir no cabe conjetura. Los límites y fronteras se las pone, si acaso, uno mismo; y para ello no hacen falta conquistas ni reconquistas, y por supuesto, tampoco es necesario que coincida con lo que se es. Y pensar que se puede imponer lo que otro deba sentir también es de un obtuso supino. Lo-que-sea-izar, simplemente, no es posible en la conducta humana, e intentarlo es mostrar abiertamente que se posee un ángulo cerebral de mucho más de noventa grados, y de lo cual resulta un efecto contrario, por el que el sentir interior se reafirma y crece.

Y, ¿qué es lo que hace que uno se sienta una cosa u otra?: ¿el nacer en un lugar determinado?, ¿tendrá que ver con lo que te han dado o lo que te han negado en un lugar u otro? Yo soy nacido en Barcelona, en la calle Aragón, pero mi sentir se reparte, concretamente, entre Gracia (barrio de Barcelona), en donde he vivido la mayor parte de mi vida, y Premià de Dalt (pueblo del Maresme), que es donde se han dado los mejores episodios y aventuras de mi vida. Para mí, mayores espacios de sentimiento existen, pero van perdiendo intensidad hasta diluirse con la distancia. Es como cuando observando un paisaje se disfruta de lo que se ve hasta donde alcanza la vista, pero existiendo, a partir de cierta distancia, demasiada atmósfera interpuesta para poder distinguir las montañas del cielo.

Creo, como he dicho, que los límites del sentir surgen de uno mismo, sin embargo, también es verdad que brumas y nieblas externas pueden modificar la extensión abarcada del sentimiento, aunque por desgracia, normalmente restringiéndolo. El maltrato, la falta de equidad, la injusticia, el menosprecio, el insulto, la mentira, el egoísmo del pensar que la solidaridad solamente tiene una dirección, el apalanque ante dicha solidaridad, los intentos de hegemonía cultural que siempre conlleva la muerte de la cultura, y otros muchos vahos, mal calificados de patrióticos, empañan la visibilidad del individuo reduciendo el área de su sentimiento patriótico, llegando al extremo de que nada es lo que parece. Hay personas con voluntad de excluirse de su actual contexto nacional, pero hay muchas otras que, aunque aparenten no desearlo, excluyen de él a los demás, y estas últimas son las que hincan a mayor profundidad las estacas de las fronteras.

Repitiendo unas palabras que leí hace unos días en la prensa, y lamentando no recordar quien las escribió, quiero decir que a mí no me da miedo ni la cohesión política sin hegemonía que respete la individualidad, ni tampoco me da miedo la independencia. Sin embargo, y siendo éstas palabras mías, lo que sí me da miedo es el escuchar ciertas frases en los medios de comunicación, como por ejemplo la que dice que “Cataluña es de España”, cuando se quiere decir que Catalunya es España. Estas formas resultan delatadoras de un sentir patriótico muy preocupante para un país que se autodenomina democrático, poniendo en evidencia lo que se entiende, por parte de muchos, cuando se dice que España es “una”.

Pero lo que definitivamente me da verdadero pánico ─y también risa─, es que un ex presidente, y político aparentemente en la sombra, explique en sus memorias, que después de salir milagrosamente con vida de un atentado, Dios le dijera en sueños que le había dejado vivir porque le tenía encomendado el liderazgo de la humanidad.

Después de estos dos disparatados sinsentidos no me parece excesivo despedirme, en esta primera epístola, con sendos

“¡PIPA España!” y/i “¡PISPA Catalunya!”

Fede Fàbregas

Un pupitre planeó sobre mi cabeza

Era un día gris, de “grises”, y en una época gris carente de matices. En 1974, mientras en EEUU el anarquitecto Gordon Matta-Clark deconstruía haciendo arte, en Barcelona pude ver como un pupitre y el más variado mobiliario docente sobrevolaba mi cabeza, planeando ligeramente pero estrellándose sin remisión sobre el asfalto de la avenida del Generalísimo. Era la forma de deconstrucción que se practicaba en la escuela de arquitectura, pero no como acción artística sino como forma de protesta ante la inminente ejecución de Salvador Puig Antich.

Un imberbe servidor, recién salido del amparo de las negras sotanas de los hermanos de La Salle, era reclamado a grandes voces por jóvenes mayores que yo, a juzgar por sus ensortijadas y tupidas barbas, para defender una causa justa. Se trataba de impedir la ejecución de un anarquista. ¿Un anarquista?, ¿y eso qué era?, me preguntaba. Pero daba igual, la causa parecía legítima.

Se trataba de manifestarnos de forma contundente para que quedara del todo patente que estábamos en contra de la pena de muerte y de aquella ejecución. Los estudiantes de arquitectura construimos una barricada a base de muebles y tableros de dibujo que cortaba la avenida “del ejecutor”. Entre el estruendo de las bocinas de simcamiles, daufines y cientoventicuatros, y de los impactos del mobiliario caído del cielo, casi no reparé en la llegada de los jinetes del apocalipsis y de su infantería “porril”. Con la apreciación de que la cosa se ponía un poco cruda, y de que la “lluvia” no arreciaba, decidí convertirme en observador. Por unos momentos la visión del mobiliario descendente me cautivó. Era como una visión renderizada del actual 3D. Las mesas y pupitres volteaban dejando ver su apariencia desde sucesivos puntos de vista, hasta tener lugar su postrero descoyuntamiento total, cuyos despojos, dicho sea de paso, no servían ni pizca para la construcción de la baliza reivindicativa. Pero aquella visión tan perversamente estética fue superada con creces por la contemplación de un caballo saliendo de la biblioteca con andares de patinadora artística. Sus cascos resbalaban sin cesar sobre el pulido pavimento, mientras su no menos grácil jinete parecía hacer piruetas circenses con su gorra de plato de medio lado a consecuencia de golpearse con el dintel de la puerta. El acróbata llevaba espuelas para el equino y fuste para las personas.

Sin embargo, mi embelesamiento cesó cuando otra figura ecuestre apareció descendiendo por las escaleras, con el animal de debajo habilidoso con los escalones y con el de arriba habilidoso con el fuste. Este último me arreó generosamente en las costillas, supongo que para apartarme a fin de que no me pateara el caballo; porque otra causa no encontré. La cachiporra tenía un aspecto de rigidez total, sin embargo la sutil adaptación progresiva de aquella verga negra en el xilofón huesudo de mi espalda me demostró lo contrario. Era dura pero no rígida, era tiesa pero apuradamente flexible. Se trataba de un utensilio refinadamente castigador.

Desde entonces los atuendos de aquellos “cabezaplanas” han sido variados, pero a decir verdad siempre bastante cenizos. No tan variadas han sido sus herramientas, aunque sí han evolucionado a más aparatosas, según dicen para una mayor protección. Pero, ¿para protegerse de quién? ¿Del pueblo?

Actualmente no existen avenidas del Generalísimo, ni pena de muerte, ni ejecuciones, pero otras cosas siguen igual. Hace pocos días un escalofrío rancio me sacudió el cuerpo cuando leí el texto de una pancarta que portaban los estudiantes valencianos:

“Som el poble. No l’enemic”.

Esta contundente aclaración me pareció muy preocupante, precisamente por la imperante necesidad de que ésta sea totalmente innecesaria. ¿Es qué hay alguien qué no sea pueblo? El problema existe cuando hay alguien que no se siente pueblo, que no se siente gente, porque cuando esto ocurre es a causa de que uno siente que es más, que está por encima, y que por tanto tiene poder sobre los demás seres. Y el poder reclama su ejercicio para sentirlo, para disfrutarlo. Y sus mentes necesitadas de justificación declaran enemigos a sus agredidos, olvidándose de que son éstos quienes les pagan el sustento, y que ellos mismos son de su misma condición. Agentes del orden, políticos y demás mandatarios,  a menudo, adolecen de este olvido, y tienden a aplicar sus armas sobre los demás; pero no solamente ellos. También los hay que se camuflan con capuchas y se llenan las manos de piedras expeditivas de sensación de poder, y también juegan a ser más, a no ser el pueblo, a ver enemigos.

La actualidad ya no es gris, existen otros tonos y más matices, pero de vez en cuando los colores se velan y torna el negro, apareciendo también los jinetes del apocalipsis; todo lo cual me indigna en sobremanera.

Fede Fàbregas

No abracé a un muerto cualquiera

Mi hermano se inclinó ante el lecho medio vacío y algo revuelto, y rodeó con sus brazos el torso estático que en él se encontraba, a la vez que acariciaba con su mejilla aquel rostro enjuto de facciones huecas.

Yo acababa de llegar y sentía como mis ojos, nariz, boca y garganta se me resumían en un único dolor húmedo. Veía como aquel cuerpo inerte se arqueaba y como sus ramas acabadas en manos ya no se agitaban.

Mi hermano, con cierto tono imperativo, me pidió que le abrazara. Era la primera vez que veía un cuerpo sin vida y por consiguiente tampoco lo había estrechado nunca. Me incliné y rodeé con mis brazos aquel cuerpo seco, y le besé la sien. No lo estreché como lo hizo mi hermano; fui algo más moderado, pues me pareció sumamente frágil y como a punto de desencajarse toda su anatomía. Todavía podía notar su tibiez, como si la esencia vital todavía no se hubiera liberado por completo.

En ese momento sentí una sensación nueva para mí: pensaba que abrazaba a mi padre pero no le sentía. Era una sensación hueca, como correspondiendo a un acto únicamente físico. Dejé reposar aquel cuerpo que acababa de liberar su último aliento, lo miré y no vi en él a mi padre. Entonces me pareció entender lo que es la vida o tal vez el alma. Comprendí que lo que se ama es el alma, que lo que se percibe y se siente es la esencia de la vida que en cada persona impregna su cuerpo. Pero un día ésta se evapora vaciándose el cuerpo y lo que queda es algo que ya no es persona sino sólo su crisálida.

Mientras la esencia etérea de mi padre todavía nos envolvía, y viendo su cuerpo ya abandonado, me preguntaba cuantas veces le había abrazado. No recordé ninguna, ¿Y a mis hermanos? Tampoco recordé ninguna. Pues a mi hija; sí, a ella sí. A algunos amigos; también. Y a algunas mujeres.

A mi padre ya no estoy a tiempo de estrecharle entre mis brazos para sentir cerca su alma, mejor dicho, para impregnarme de ella, porque para sentirla no me ha hecho falta. Quien le ha conocido sabe qué quiero decir.

Recuerdo que hace algún tiempo vi en plaza Catalunya a personas que regalaban abrazos, anunciándolo en carteles que ellos mismos portaban. La gente se acercaba y se abrazaba a ellos. La verdad es que no pensé nada al verlo, ni en pro ni en contra; solamente sentí indiferencia. Yo no respondí al ofrecimiento. No sentía precisar ningún abrazo. Ahora pienso que tal vez llegue el día en que yo lo haga también, pero antes debo aplicarme con los más cercanos.

Dos días antes de que mi padre nos dejara, viendo que la vida se le escapaba, llamó a mi hija y le dijo: “A mi se me acaba; la vida es vuestra. Aprovéchala al máximo”. Creo que estas palabras, sencillas y tal vez tópicas, encerraban algún anhelo escondido. Él siempre tenía proyectos que a lo largo del tiempo iba llevando a término. Recuerdo que aproximadamente un mes antes, en su penúltima estancia en el hospital, paseando lentamente pasillo arriba y pasillo abajo me dijo: “Ya estoy llegando al final pero tengo esperanzas de tener tiempo para hacer todavía un par de cosas más”. Después de la que fue su última vez en abandonar el hospital (vivo), dispuso de dos semanas, pero no sé ni de qué cosas se trataba ni si las pudo hacer, pero de lo que sí estoy convencido es de que la importancia residía en tener el proyecto y en querer llevarlo a término, porque tal vez la vida no sea una caja de actos sino de anhelos.

Sí, la vida hay que aprovecharla, pero sobretodo hay que sentirla. El hacer resulta vació o indiferente si no se le pone el alma, ni si uno no se impregna de la esencia vital de los demás. El abrazo es un inicio; ayuda a sentir la vida de los demás y hace que nos sentamos vivos.

Estoy tentado de ensalzar y resaltar todas aquellas virtudes y buenas andadas de quien tanto hizo por mí, pero no debo hacerlo por respeto a él mismo, ya que rechazaba toda forma de adulación y de ensalzamiento hacia su persona. Solamente dos comentarios me atrevo a hacer al respecto:

Un buen amigo suyo, y como oficiante en su funeral, dijo que cuando mi padre se presentara ante Dios no sería preguntado por lo bueno y por lo malo que llevaba consigo sino por la gente que le acompañaba y por la que había acompañado en la vida. Si esto es cierto no dudo de que mi padre se encuentra en ese Cielo en el cual él creía.

Y mi agradecimiento por las muchas veces que me ha “sacado las castañas del fuego” y sobre todo por los valores que me ha inculcado durante toda su vida aceptando siempre mi libre elección y creencia, no coincidiendo a menudo con sus enseñanzas. Gracias a él “creí”, gracias a él fui libre de cuestionarme la “creencia”, gracias a él ahora soy “creocreyente” (creo en la creencia), y lo más probable es que gracias a él, antes de que yo abandone mi cuerpo, vuelva a “creer” en lo que me enseñó,… por si acaso.

No; no abracé a un muerto cualquiera. Había sido mi padre.

Fede Fàbregas,

En recuerdo del 22 de enero de 2012.