La fotografía a fuego lento de Richard Learoyd. Para ver de otra forma.

En la sala Fundación Mapfre Casa Garriga Nogués, en Barcelona, hasta el próximo 8 de septiembre, se exhibe un conjunto de obras fotográficas de Richard Learoyd que requieren, más que ser vistas, ser observadas de forma minuciosa y distinta a la de cualquier otra exposición de esta especialidad. Recientemente, mientras visitaba la fascinante luz captada por el fotógrafo, me llamó la atención que los visitantes con los que coincidí recorrían las distintas salas observando cada fotografía de la misma manera que lo hubieran hecho en la exposición de cualquier otro fotógrafo, es decir, situándose a una distancia de la obra que permitiera admirarla en su totalidad, que en este caso requiere ser mayor de lo habitual, dado el considerable formato de las fotografías. Pensé que con esa forma de contemplación se perdían buena parte del interés que ofrecían las diferentes capturas, debido a la existencia de un hecho diferencial.

Además de esta forma de ver la exposición, que de por sí ya ofrece sumo interés, la obra fotográfica de Learoyd regala otra forma de lectura, dado que las imágenes no han sido capturadas ni con una cámara analógica ni tampoco digital. Las instantáneas, que en realidad no lo son, han sido captadas mediante la utilización de una cámara oscura de grandes dimensiones, diseñada por el propio fotógrafo, y mediante la cual, en la mayoría de casos, fija cada imagen de forma única y original directamente en el mismo material soporte que va a ser expuesto, y por tanto con sus mismas medidas definitivas, que para tratarse de una fotografía resultan de considerables dimensiones, lo cual hace que la realidad retratada aparezca con admirable detalle.

En este caso, cada una de obras expuestas ofrece la posibilidad de fragmentarse a nuestra vista en infinitos retales con interés propio, de forma independiente del conjunto de la fotografía de la que forma parte, de modo que podemos aproximarnos y advertir un sinfín de detalles, muchos de los cuales podría constituir una obra por sí solos. Conviene explorar los paisajes y arquitecturas para encontrar otras naturalezas y descubrir superposiciones de elementos reales que no pueden apreciarse a la distancia normal de observación; en las naturalezas silenciosas (lo prefiero a muertas) se encontrarán abstracciones formadas por texturas, filamentos, óxidos y cenizas inadvertidas de otra forma; mapeando los cuerpos retratados se descubrirán magníficas orografías de pieles y precisas topografías de telas.

En la prensa y en publicaciones especializadas se ha escrito bastante sobre esta exposición, y aparte de mencionar el empleo de la cámara oscura, lo que se puede leer versa sobre asuntos como la interpretación de las fotografías y su contexto, sobre las intenciones del autor, o sobre la influencia de Ingres y los prerrafaelistas, pero ninguna hace mención de la posibilidad de descubrir los secretos que las imágenes ofrecen. Y no observar de cerca para poder leer las pequeñas pero nítidas indiscreciones que muestran las fotografías de Learoyd, conlleva el escribir sobre cuestiones solamente supuestas y pudiendo no ser ciertas. Hace dos días leí un artículo en la prensa, dedicado a la exposición, en el cual se decía que en la dependencia anexa a la cámara oscura, donde posaban los y las modelos, se iluminaba a éstos con potentes focos. Naturalmente no es un error grave, pero sí ilustra lo que expongo en este escrito. Tal afirmación resulta lógica tras deducir que cuanto mayor es la iluminación de la persona a retratar menor resultará el tiempo de exposición necesario en la cámara y que por tanto habrá menor riesgo de que la persona se mueva; sin embargo, si se observan los ojos de las personas retratadas se podrá ver de forma muy nítida que las pupilas están muy dilatadas, lo cual indica que la luz existente es muy baja, y que por tanto el tiempo de exposición es alto, con lo que también se puede decir que la persona retratada ha tenido que permanecer totalmente inmóvil y casi conteniendo la respiración, durante un periodo de tiempo bastante incómodo, hecho que también infiere un mérito inestimable a las personas que han servido de modelo para el buen resultado de las fotografías. Y podemos adentrarnos más en el detalle y leer las pupilas; veremos en todas ellas el perfecto reflejo de los focos de luz tenue empleados, uno de ellos de luz indirecta.

Esta es la magia que ofrece Learoyd con su cámara oscura, al controlar los largos tiempos de exposición de la luz incidiendo de forma directa en el soporte fotosensible de grandes dimensiones, consiguiendo un detalle y nitidez nada usual en el mundo de la fotografía, sea del modo analógico o digital.

Resulta paradójico que con un medio de captación (no de fijación) conocido ya en la época medieval ─la cámara oscura─, en manos de Learoyd se superen en posibilidades artísticas y técnicas los medios actuales. Las fotografías de Richard Learoyd, captadas a fuego lento, parecen sobrepasar incluso a la pintura hiperrealista, movimiento artístico nacido para superar en realismo a la fotografía.

Creo que no existe analogía entre Learoyd y David Hockney, ni tampoco pretendo establecer comparación entre ellos, pero sí entreveo algunos puntos de conexión que, precisamente por discurrir en sentidos opuestos pero en la misma línea, pueden propiciar que la observación de las obras de uno pueda reforzar la mirada sobre las del otro. Hockney siempre se ha interesado por los sistemas de captación de imágenes y por los medios ópticos que se han ido desarrollando durante la historia, y ha realizado estudios en los que concluye que pintores como Canaletto o Vermeer, entre otros, utilizaban la cámara oscura para representar con mayor fidelidad la realidad aparente; sin embargo, para la realización y muestra de su obra, él adopta los últimos avances tecnológicos en el ámbito de la imagen.

Learoyd también se pasea por la historia de la captación de la imagen, pero al contrario que Hockney  decide captar las luces de la realidad mediante la cámara oscura, el medio que constituyó el origen de todos los hoy empleados.

Para ejecutar la obra fotográfica “Pearblossom highway”, David Hockney tomó más de 700 fotografías, cada una desde un punto de vista distinto, y las compuso a modo de gran collage conformando una única y vibrante obra. En esta misma línea, pero al contrario, Richard Learoyd realiza una sola captura con un único punto de vista y fija la imagen de forma directa en un soporte de gran formato, obteniendo así gran detalle y definición, posibilitando al espectador la realización de tantas porciones virtuales como alcance mediante su observación.

Actualmente, Richard Learoy dice estar muy interesado en la fotografía aérea; mientras, yo quedo a la espera con impaciencia.

Fede Fàbregas

Julio 2019

 

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El què hem vist. (Intervención en lafuturA, julio 2012) Si las paredes hablaran…

Si las paredes hablaran…

En lafuturA el modo condicional no existe: las paredes hablan. Y lo hacen sin cesar: hace casi año y medio que no callan; a veces susurrando, a veces en voz alta.

Ellas siempre ofrecen su carne al piercing y su piel al tatuaje, pero no con un hablar por hablar, sino haciendo de juglar.

Muchas son ya las historias que nos han contado, siendo en unas ocasiones llanas y en otras abruptas. Esta vez nos cantan historias ilustradas que nacidas de cuentistas distintos, se entrelazan en relatos entre cándidos y subversivos.

A iniciativa de Iván Sanjuás, miembro resistente de lafuturA, y bajo el lema El què hem vist, altruistas ilustradoras e ilustradores han intervenido en las paredes de ésta la que es vuestra casa, trasladando lo que parece pertenecer a un mundo de formato reducido a otro que hasta parece envolverte. A esta nueva escala, los personajes parecen tratarte de tú a tú y con mayor descaro, pareciendo rogar mayor edad, al saber que pronto, por efímeros, van a desaparecer bajo un blanco y opaco velo, ignorando que en ese futuro y plano limbo, en secreto, podrán departir con algún demente acostado, con ciertos encapuchados y con otros singulares personajes ya sólo visibles en nuestra propia memoria.

Cuando en el día de la inauguración accedí a la sala, tuve una sensación extraña. En el umbral me mentí sintiendo el vacío, como cuando se entra en un lugar abandonado y escondido en el que las paredes han sido cubiertas de fríos y callados graffiti, que a diferencia de otros escandalosamente gritones y a plena luz, sólo pretenden dejar una huella de paso. Pero este engaño solamente dura un instante, porque lo que de las paredes de lafuturA emerge y a la vez socava, no es graffiti, sino ilustración. Lo adviertes cuando te adentras y discurres viendo la panorámica de forma frontal, como cuando lo haces ante el papel. Si embargo, este cambio de escala produce otro tipo de emoción, ya que la vista rastrea la superficie leyéndola de forma secuencial, apareciendo así el relato, sin necesidad de palabras. Y cuanta mayor atención se presta más crece la narración, apareciendo escondidos secretos, muchos de los cuales, tal vez, son fruto de la improvisación.

Por esto podemos pensar que los pájaros bien pudieran estar emparentados con los saltamontes (o que de lo que se come se cría), según nos cuenta Ariel Moraes; o que los cabellos de la mujer del nº 8 sirven para peinarlos y también para pisarlos en el vacío con amor, o que han robado el santo de la hornacina del nº 60, según nos relata Sonja Wimmer; que los zapatos de los Rolling Stones se abrochan con cordones de scooby-doo, o al menos así lo explica Olivia Cara; que la dueña de una muñeca ya ha dejado de ser niña, a juzgar por el contenido de la papelera de Ina Fiebig; o que tal vez la que abandonó la muñeca fue la niña presumida de Isabel S. Schirmeister, que ya creció por amor; que en el Poble Sec también se vigila a las parejas por la ventana, mientras el amor entra por la rejilla de ventilación, según grafía Laura Gómez; o que a veces la incompetencia sólo permite respirar a través de un cristal roto, según me parece leer de David Bermúdez; que la cifra temporal 786 como encabezamiento de un sabio menú verbal caligrafiado por A. W. Sabaté, esconde un año grande en la cultura islámica, ya que en él asciende al trono califal Harun Al-Rashid, inmortal de Las mil y una noches, y padre también en ese mismo año, de Al Manun, tal vez el más grande de los califas de la historia del Islam, y al cual se atribuye el esplendor del Al-Andalus, interrumpido muchos siglos más tarde por los Reyes Católicos, tal vez por desgracia, según podría deducirse del presente; o que hay caballos con cabellera y mujeres con crines, y caballos con pata de pollo y pollos con cuerpo de caballo gracias a los macizos équidos de José Luís Tercero y a la impertinencia de Martín; o que Supercutreman lleva calzoncillos Punto Blanco, y que hay ciertos “pollos” de cresta postiza que, para sentirse por encima de los demás, necesitan llevar zancos, según las historias de Rema Varela.

No me queda más que invitar a quienes piensan que las paredes no hablan (y a los demás también), a visitar lafuturA hasta el próximo día 28, para descubrir muchas más historias con el fin de conseguir que aunque tal vez las paredes no lo digan todo, las imágenes que nos muestran no se conviertan en solitarios espectros al carbón, a la tinta, al collage,…

Fede Fàbregas

El paseante y el asesino. Exposición de Iván Sanjuás (lafuturA, 2011)

… Sus pasos conviven en la noche sucediéndose rectos o tortuosos, divergentes o coincidentes; mirando e imaginando, u observando y matando.

El hacedor de arte parece atravesar la noche a cuatro patas, con pasos vacilantes de huellas muy juntas que parecen atropellarse hundiendo el polvo. Es decir, anda y también mata, caminando en dirección al horizonte que nunca alcanza; en dirección a la utopía. En su singladura desfallece, y por eso mata. Para sobrevivir. Da vida a sus exploradores para más tarde quitársela. Porque le torturan. Estos guías de parajes desconocidos y cartografiados “hic sunt dracones” le agotan y a la vez le envilecen, y lo pagan caro; con su vida. Y así da por concluida su obra que, desde entonces, yace postergada ensoñando.

Iván Sanjuás practica el arte del ensueño, pero no cual guerrero tolteca castanediense, o sea en sí mismo, sino para aquellos que osen visitar lugares donde hay dragones. Sus obras exploran realidades mentirosas y apariencias verdaderas, pero fallecen porque el artista desfallece, porque él no es pétreo ni hierático como los Atlantes de Tula, sino dúctil y humano; aunque por cansancio, asesino de sus obras.

Fede Fàbregas