Estando muerto tuve un sueño

Muerto soñando, 2012
Muerto soñando, 2012
Tinta / papel
29,7 x 21 cm

Todo el desvarío que sigue es rigurosamente cierto.

Hace pocos días me encontraba en un jardín, o mejor dicho en un claro rodeado de árboles en el que la hierba crecía cuidada como si fuera un jardín de césped bien rasurado. En él se había dispuesto diversas agrupaciones de asientos orientados a distintas mesas que hacían intuir prontas conferencias. No había nadie, pero en casi todas las sillas había alguna prenda de vestir o bolso, como queriendo reservar el asiento al modo cutre de las tumbonas playeras o de solárium de piscina. Por la distribución de las agrupaciones se podía intuir variedad de conferencias. Yo no tenía ni idea de qué iba el asunto pero me apetecía asistir a alguna de las oratorias. Me rebajé y, tal como habían hecho los demás, dejé mi chaqueta en una silla libre.
Me fui a dar un paseo entre el nadie y cuando volví a mi asiento auto-reservado encontré mi chaqueta debajo de la silla, en el suelo, y ésta ocupada por una prenda ajena. Repetí mi reserva dos veces más con el mismo resultado y siguiendo sin ver a nadie. Me pregunté si yo era alguien o si como los demás tampoco estaba allí.

Decidí marcharme a algún lugar en el que hubiera hervir de gentío, y se me ocurrió ir a aquel teatro de platea sin asientos, mezcla Liceo y La Paloma, que se encuentra en la plaza Gal•la Placídia de Gràcia, en una pequeña plazoleta adoquinada sin junta de mortero ─al modo romano─ y situada justo al lado de Atracciones Caspolino, en cuyo tiovivo los caballos y unicornios suben y bajan al son de la parisina música y del aporrear y petar de trole de los autos de choque. Sé de buena tinta que tan fina talla de adoquines ahí dispuestos proviene de las canteras de Caldes de Montbuí. Me gusta caminar sobre ellos sintiendo en la pisada el contraste simultáneo de la dureza pétrea y de la mullida hierba que crece entre sus entresijos.
Me dirigí hacia la entrada del teatro y atravesé el ostentoso vestíbulo decorado con panes de oro y telas púrpura, hasta el acceso a platea. Ni la persona de la taquilla ni el vigilante de puerta, ni tampoco quien parecía ser el innecesario acomodador, repararon en mí ni me reclamaron la entrada.
Accedí al gran espacio del público y la gente que allí se encontraba se mezclaba según permitía el mobiliario dispuesto. No había butacas; los espacios vacíos, con piso de madera fina, se combinaban en extraña alternancia con sofás, enormes sillones orejeros y grandes sillas tapizadas de raso rojo. Los altos paramentos alojaban nichos a modo de pequeños palcos, pero parecían vacíos. Todas las paredes estaban tapizadas de terciopelo verde esmeralda, conteniendo molduras doradas que configuraban extrañas geometrías.
Las personas que configuraban el supuesto público bullían con gran estruendo; iban y venían, parloteaban a voces o se agrupaban en pequeños círculos aparentemente de conocidos.

Tampoco aquí mi presencia parecía llamar la atención. Pasaba entre la gente intentando no rozar a nadie, lo cual me resultaba muy difícil ya que nadie hacía el mínimo ademán de apartarse para permitirme el paso. Era como si no advirtieran nunca mi presencia.
No sentía ni frío ni calor, a pesar de ver como las pieles brillaban húmedas.

La gran sala esmeralda contrastaba agresivamente con el gran frente de espesos ropajes y telones rojo carmesí que enmarcaban el gran escenario. En él se encontraba una mujer sinuosamente enfundada en un vestido plateado y centelleante. Llevaba el cabello recogido y era rubio, y cantaba maravillosamente con la voz de Ella Fitzgerald. Estaba situada en el centro del entablillado y detrás de ella, ligeramente desplazadas hacia su derecha, la acompañaban tres mujeres vestidas con ajustados vestidos largos, también muy brillantes pero de color azul Prusia muy oscuro. Sus voces, las tres de diferente matiz, parecían ser el eco de la voz principal, aunque con un extraño contraste debido a su sonido en sordina; cantaban como The Andrews Sisters, como si de una retransmisión radiofónica de los años cuarenta se tratara. Sus movimientos eran al unísono y de una sutileza exquisita.
Parecía como si solamente yo las oyera, porque las demás personas parecían ignorar a las artistas igual como hacían conmigo.

Mientras pasaba entre la gente sin notar sus estrechos roces, advertí que una de las cantantes de brillante azul Prusia era mi amiga Rosa, hermana de mi gran amigo Xavier, a la cual hace mucho tiempo que no veo; a él lo veo casi cada día en sueños, en lo que parece ser su oficina ubicada en la calle ─casi siempre está reunido─. Me alegró mucho el verla y apresuradamente me dirigí al escenario subiendo a él de un salto, cosa rara en mí. Mientras cantaban me dirigí hacia ella y fui a abrazarla, pero cuando me planté ante ella ni se inmutó; su vista me atravesaba sin reposar en mí. Hice espavientos y le hablaba esforzándome para que me oyera, pero sin ningún efecto.

Decidí dejar el abrazo para mejor y más discreta ocasión, volviendo a la hirviente platea, pero cuando salté del escenario sentí como si alguien me agarrara por detrás. Eran los pesados cortinajes rojo carmesí que se me habían pegado a la espalda. Yo intentaba con todas mis fuerzas caminar como contra Tramontana, y a medida que avanzaba sentía cómo el ropaje iba estirándose como un inmenso chicle.
Aquella gran lengua que me lamía la espalda no se despegaba y mientras yo avanzaba escuchaba el vocerío de las gentes reclamando que se cerraran las puertas para evitar el vendaval de la corriente de aire que movía de tal manera el cortinaje. Se acumularon las personas detrás de mí asiendo fuertemente la pesada tela para intentar dominarla.
Al cabo de poco noté un sesgo de tela y también cómo cedió la fuerza que intentaba absorberme, aunque no experimente ni el más mínimo desequilibrio.

Pasado un instante advertí la presencia de muchos ─ puede que todos─ de mis amigos, familiares y conocidos. Me pareció que todas las personas que allí se encontraban tenían algo que ver conmigo, pero parecía que yo no era nadie para ellos. Me paseaba entre ellos buscando una mirada, pero todas me traspasaban; intentando notar un roce, pero nunca había caricia. De pronto me encontré enfrente de un grupo de amigos que estaban sentados en sofás circulares con altos respaldos, y entre ellos se encontraba mi amiga de toda la vida Núria, que estaba junto a su marido, Joni, también amigo. Llamé a Núria pero siguió hablando con Montse, la cual tampoco me hacía ningún caso. Sin embargo, mi amigo Joni, volviéndose, me mira y con su rostro tranquilo de siempre me dice: “Hola, Fede, ¿qué haces por aquí?”; y dirigiéndose a Núria, continúa: “¡Mira quién está aquí! Fede”, a lo que ella le responde: “¡Vaya tontería! ¡Con lo que ya hace que nos dejó!”
Pregunté a Joni que cómo podía ser que me viera, y él simplemente me respondió: “Tienes la camisa rota. Por ahí están los demás”. Lo dijo sin mostrar ningún tipo de extrañeza.

Los dejé y me dirigí a ese por ahí que me indicó, y al otro extremo de la sala me encontré con mis amigos de toda la vida (¿vida?) ─casi todos lo son─, pertenecientes a la colla de Premià, y llamo a cada uno de ellos por su nombre. Todos me ignoran excepto Andreu, que es a quien más tiempo hace que no veo. Se vuelve y me dice: ¡Vaya, mira quien está aquí! Yo le dije: “¿Puedes verme?, a lo que me respondió lo ya escuchado antes: “Tienes la camisa rota. Por ahí están los demás”.

Muy cerca, sentados alrededor de una mesa, estaban algunos de mis amigos artistas: uno llevaba, como casi siempre, una flamante gorra de visera curvada (cuando no la lleva es porque tiene el sombreo puesto); otro leía un libro de Ramón Gaya; el que fue mi profesor de pintura hace ya muchos años, con su gabardina negra, mostraba su nuevo visor de cartón a mi amiga venida de Francia, que llevaba un deforme peluche debajo del brazo; también estaba el escultor de las crisálidas de acero, acompañado de su gran e inseparable caniche; la exuberante y siempre sonriente pintora metida a política; el dibujante de hombres del saco y de hombres ciervo, con las manos negras de carboncillo; el pintor de batiburrillos de monstruos y de payasos; el profesor de grabado con las manos llenas de tinta… Ninguno de ellos reparó en mí. Me pareció que barruntaban alguna nueva laFutura sin mí.

Volví a dirigirme a un nuevo por ahí, ansioso por ver a mi familia, y a lo lejos me pareció ver unas barbas casi tan blancas como las mías debajo de una gorra de lobo de mar, y muy próxima a ellas también podía distinguir una brillante cabeza ─en todos los sentidos─. Eran mis hermanos que, en pie, conversaban alegres como siempre que están juntos; y con ellos se encontraba también, participando de la conversación, mi yerno, el cual les mostraba un antiguo volante de Mini.
Me dirigí hacia ellos para abrazarlos pero algo me lo impidió; en un instante pasaron de estar delante de mí a encontrarse detrás. Quienes tenía enfrente en esos momentos era a mi hija, que estaba sentada al lado de su madre y su suegra. Entre las dos últimas, de pie y con sus manitas puestas en la rodilla de cada una de ellas, se encontraba mi pequeño y activo nieto. Formando corro con ellas, pero en pie, también se encontraba el padrastro de mi hija, que hablaba con su hijo, hermano de mi hija, el cual sostenía entre sus brazos a un bebé, su hermano, pero no de mi hija. Parece complicado pero no lo es, yo me lo he acabado aprendiendo.
Emocionado, repetí el nombre de mi hija varias veces. A cada pronunciamiento ella respondía con un volver de cabeza, pero una vez más me sentía atravesado por la mirada. Tal vez me sentía pero no me veía.
Al cabo de un momento me sentí acariciado por una pequeña e inocente mirada, que a diferencia de las demás sí se posó en mí; era la de mi nieto, que sonriendo y señalándome pronunciaba repetidamente el monosílabo “¡Bi!”.
¡Ah!, sí, ese era yo: Bi.
Con esto me quedé satisfecho y casi feliz. Él me veía.
Muy cerca estaban mis cuñadas con mis sobrinos, y también toda mi familia al completo.
Fui pasando entre ellos pero continuando siendo nadie.

A cierta distancia advertí también la presencia de las mujeres que han paseado de un modo u otro la supuesta existencia conmigo. Ahí no me arriesgué y no me acerqué, no fuera que alguna de las miradas no me traspasara y que todavía quedara alguna filípica o reproche pendiente. Llámenme cobarde.

Y así seguí un rato más, sorteando personas con las cuales he cruzado caminos durante mi posible existencia.

Ni cansado ni descansado, me dirigí a la salida, muy pequeña en proporción al gran espacio esmeralda, y cuando me dispuse a cruzar el vestíbulo una voz me recordó que tenía la camisa hecha girones y que debía arreglarla. La advertencia provenía de una persona a la que no conocía y que se encontraba en la guardarropía. En ella no había ninguna prenda, ni siquiera perchas, solamente se podían ver las barras de colgar.
La persona no me pareció ni hombre ni mujer, tenía el rostro como el blanco de titanio y no se le veían las manos por estar ocultas en el interior de unas largas mangas terminadas en puñetas de tresbolillo. No supe distinguir si tenía cabello o no. Su vestimenta, sin botones, era de color morado.
La cárdena figura, con un rígido ademán, me invitó a seguir un marmóreo pasillo. Al final de él, una gran puerta de zinc se erigía con más aspecto de final que de principio. Una luz blanca se filtraba por su intersticio inferior y su estela se entrelazaba con el reflejo de una reptante luz roja, cuya fuente provenía del más puro y brillante gas neón de diez protones y diez electrones. El texto explicitaba: “Mundicia y Alfayate”.

Abrí la puerta, y a cierta distancia pude distinguir unas figuras que ni parecían cuerpos ni espíritus. Como dicen algunos, tal vez se trataba de periespíritus. Yo no lo sé.
Todos los rostros me eran reconocibles y la mayoría hacía mucho que no los veía. Buena parte de ellos los reconocía incluso sin haberlos visto nunca.
A un lado, nueve ancianas pero frondosas moreras encuadraban la vista de una pérgola cubierta por una nube violeta, perteneciente a una espesa y espinosa buganvilla. En ella aparecían sentadas, alrededor de una mesa redonda, varias personas que me eran muy familiares y que se encontraban escuchando la radio. Muy cerca, y también alrededor de una mesa circular, mi abuelo, a quien nunca conocí, me observaba en compañía de su familia. Me pareció que el protagonismo del rondo recaía en una atractiva botella de Calisay.La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es abuelo-federico-con-familia-y-calisay-bn.jpg
Justo después del umbral se encontraba mi padre, el cual, invitándome a entrar, me obsequió con unas gafas de sol y una gorra de visera que en ese momento él mismo llevaba puestas. Me vestí dichos atavíos y seguí caminando cogido de su mano.
Anduvimos entre muchos conocidos, unos vistos anteriormente y otros no; todos me saludaban con un gesto de mano o llevándose la mano al pecho; yo correspondía del mismo modo. Entre ellos había familiares, amigos y otras personas con las que alguna vez había cruzado caminos. Me llamó la atención un señor de largas barbas decimonónicas, que era igual que uno de mis hermanos; pero no era él, ya que este último se encontraba en la gran sala esmeralda. Era mi bisabuelo.La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es 1890-aprox-bisabuelo-federico-fabregas-del-pilar-duran-padre-de-abuelo-federico-fabregas-farrujia.jpg
Por fin me encontré con mi madre. Estaba sentada frente a un camastro cubierto por unas sábanas blancas que caían por los laterales en forma de largos faldones, con tantos pliegues ondulados que casi parecían plisados. Alargó su mano y me pidió que le diera la camisa para reparar el girón. Me rogó que mientras esperara me estirara sobre las sábanas y descansara.

Así lo hice, con gorra y gafas. Y me dormí. Y comencé a soñar:

Me vi sentado en una cama en la que había dormido muchos años. Era antigua, con cabezal y pie de marquetería de varias maderas finas. La hizo mi bisabuelo o tatarabuelo, no estoy seguro. No llevaba puesta la gorra ni tampoco las gafas. Pronto, un discreto pero alegre chapoteo matutino me indicó que comenzaba un nuevo día.
Seguí soñando diversas rutinas durante días, y en sueños me dispuse a escribir el presente relato de lo vivido cuando estaba despierto.

Me pregunto cuánto me queda todavía por soñar y para despertar, y lo que falta para que mi madre me devuelva la camisa remendada para lucirla junto con la gorra y las gafas.
No tengo prisa, ninguna prisa, me gusta seguir soñando aunque haya más rutina que sorpresas. De momento me place estar entre las personas que comparten sueño conmigo.
Sin embargo, sé que llegará el día en que despertaré para no volver a soñar nunca más. Ese día me pondré la camisa remendada, la gorra de visera y las gafas de ver más allá del arcoíris, y pasearé sin prisas la interminable eternidad.

La fotografía a fuego lento de Richard Learoyd. Para ver de otra forma.

En la sala Fundación Mapfre Casa Garriga Nogués, en Barcelona, hasta el próximo 8 de septiembre, se exhibe un conjunto de obras fotográficas de Richard Learoyd que requieren, más que ser vistas, ser observadas de forma minuciosa y distinta a la de cualquier otra exposición de esta especialidad. Recientemente, mientras visitaba la fascinante luz captada por el fotógrafo, me llamó la atención que los visitantes con los que coincidí recorrían las distintas salas observando cada fotografía de la misma manera que lo hubieran hecho en la exposición de cualquier otro fotógrafo, es decir, situándose a una distancia de la obra que permitiera admirarla en su totalidad, que en este caso requiere ser mayor de lo habitual, dado el considerable formato de las fotografías. Pensé que con esa forma de contemplación se perdían buena parte del interés que ofrecían las diferentes capturas, debido a la existencia de un hecho diferencial.

Además de esta forma de ver la exposición, que de por sí ya ofrece sumo interés, la obra fotográfica de Learoyd regala otra forma de lectura, dado que las imágenes no han sido capturadas ni con una cámara analógica ni tampoco digital. Las instantáneas, que en realidad no lo son, han sido captadas mediante la utilización de una cámara oscura de grandes dimensiones, diseñada por el propio fotógrafo, y mediante la cual, en la mayoría de casos, fija cada imagen de forma única y original directamente en el mismo material soporte que va a ser expuesto, y por tanto con sus mismas medidas definitivas, que para tratarse de una fotografía resultan de considerables dimensiones, lo cual hace que la realidad retratada aparezca con admirable detalle.

En este caso, cada una de obras expuestas ofrece la posibilidad de fragmentarse a nuestra vista en infinitos retales con interés propio, de forma independiente del conjunto de la fotografía de la que forma parte, de modo que podemos aproximarnos y advertir un sinfín de detalles, muchos de los cuales podría constituir una obra por sí solos. Conviene explorar los paisajes y arquitecturas para encontrar otras naturalezas y descubrir superposiciones de elementos reales que no pueden apreciarse a la distancia normal de observación; en las naturalezas silenciosas (lo prefiero a muertas) se encontrarán abstracciones formadas por texturas, filamentos, óxidos y cenizas inadvertidas de otra forma; mapeando los cuerpos retratados se descubrirán magníficas orografías de pieles y precisas topografías de telas.

En la prensa y en publicaciones especializadas se ha escrito bastante sobre esta exposición, y aparte de mencionar el empleo de la cámara oscura, lo que se puede leer versa sobre asuntos como la interpretación de las fotografías y su contexto, sobre las intenciones del autor, o sobre la influencia de Ingres y los prerrafaelistas, pero ninguna hace mención de la posibilidad de descubrir los secretos que las imágenes ofrecen. Y no observar de cerca para poder leer las pequeñas pero nítidas indiscreciones que muestran las fotografías de Learoyd, conlleva el escribir sobre cuestiones solamente supuestas y pudiendo no ser ciertas. Hace dos días leí un artículo en la prensa, dedicado a la exposición, en el cual se decía que en la dependencia anexa a la cámara oscura, donde posaban los y las modelos, se iluminaba a éstos con potentes focos. Naturalmente no es un error grave, pero sí ilustra lo que expongo en este escrito. Tal afirmación resulta lógica tras deducir que cuanto mayor es la iluminación de la persona a retratar menor resultará el tiempo de exposición necesario en la cámara y que por tanto habrá menor riesgo de que la persona se mueva; sin embargo, si se observan los ojos de las personas retratadas se podrá ver de forma muy nítida que las pupilas están muy dilatadas, lo cual indica que la luz existente es muy baja, y que por tanto el tiempo de exposición es alto, con lo que también se puede decir que la persona retratada ha tenido que permanecer totalmente inmóvil y casi conteniendo la respiración, durante un periodo de tiempo bastante incómodo, hecho que también infiere un mérito inestimable a las personas que han servido de modelo para el buen resultado de las fotografías. Y podemos adentrarnos más en el detalle y leer las pupilas; veremos en todas ellas el perfecto reflejo de los focos de luz tenue empleados, uno de ellos de luz indirecta.

Esta es la magia que ofrece Learoyd con su cámara oscura, al controlar los largos tiempos de exposición de la luz incidiendo de forma directa en el soporte fotosensible de grandes dimensiones, consiguiendo un detalle y nitidez nada usual en el mundo de la fotografía, sea del modo analógico o digital.

Resulta paradójico que con un medio de captación (no de fijación) conocido ya en la época medieval ─la cámara oscura─, en manos de Learoyd se superen en posibilidades artísticas y técnicas los medios actuales. Las fotografías de Richard Learoyd, captadas a fuego lento, parecen sobrepasar incluso a la pintura hiperrealista, movimiento artístico nacido para superar en realismo a la fotografía.

Creo que no existe analogía entre Learoyd y David Hockney, ni tampoco pretendo establecer comparación entre ellos, pero sí entreveo algunos puntos de conexión que, precisamente por discurrir en sentidos opuestos pero en la misma línea, pueden propiciar que la observación de las obras de uno pueda reforzar la mirada sobre las del otro. Hockney siempre se ha interesado por los sistemas de captación de imágenes y por los medios ópticos que se han ido desarrollando durante la historia, y ha realizado estudios en los que concluye que pintores como Canaletto o Vermeer, entre otros, utilizaban la cámara oscura para representar con mayor fidelidad la realidad aparente; sin embargo, para la realización y muestra de su obra, él adopta los últimos avances tecnológicos en el ámbito de la imagen.

Learoyd también se pasea por la historia de la captación de la imagen, pero al contrario que Hockney  decide captar las luces de la realidad mediante la cámara oscura, el medio que constituyó el origen de todos los hoy empleados.

Para ejecutar la obra fotográfica “Pearblossom highway”, David Hockney tomó más de 700 fotografías, cada una desde un punto de vista distinto, y las compuso a modo de gran collage conformando una única y vibrante obra. En esta misma línea, pero al contrario, Richard Learoyd realiza una sola captura con un único punto de vista y fija la imagen de forma directa en un soporte de gran formato, obteniendo así gran detalle y definición, posibilitando al espectador la realización de tantas porciones virtuales como alcance mediante su observación.

Actualmente, Richard Learoy dice estar muy interesado en la fotografía aérea; mientras, yo quedo a la espera con impaciencia.

Fede Fàbregas

Julio 2019

 

La patria de vidrio ( I )

A cornadas y coces (El coche no es mio)

A cornadas y coces (El coche no es mio)

Primera epístola a los españoles de las Españas españolas y de las no tan españolas.

Sí, creo que estos son los mejores días para escribir estas palabras.

Aunque no lo hago en previsión de nada, pues nada hay que prevenir, sí que lo hago desde la perplejidad que me ha producido el haber visto la película de mi vida patriótica, rebobinada con la ayuda de los acontecimientos habidos en los últimos tiempos, en nuestros países, que no son ni uno ni dos, sino bastantes más.

Igualmente, creo que va a extrañar a los que me conocen, tanto a los de aquí como a los de más allá, que me exprese en los términos que lo voy a hacer, ya que supongo que cada cual piensa que mi actitud con respecto a cuestiones patrióticas es la misma que la de ellos, por el simple automatismo de la afinidad en otros aspectos de la vida, y también porque supongo que no he hablado mucho sobre ello, quizás por no verme en la necesidad, y porque ya hablan ellos.

Y lo suelto a bocajarro: por primera vez en mi vida he tenido conciencia de que no soy patriota, y de que ni siquiera me gusta la palabra patria. Y de que las banderas, los símbolos y emblemas tampoco me han reclamado nunca la atención; ningunos y ninguna. Ni siquiera el logotipo de la empresa que cofundé hace más de quince años y en la cual hoy todavía trabajo, me produce otra sensación que no sea la de saber que solamente identifica a mi empresa. Me ha sorprendido darme cuenta de que ni siquiera encuentro estético el ondear de las enseñas, y que solamente me he fijado en ellas para observar la dirección del viento. Y por no gustarme, de las banderas, no me gusta ni el mástil, porque no soporto ningún palo en alto; ninguno. Tal vez esto me ocurra porque siempre he pensado que todo ello solamente constituye símbolos de identificación, para distinguirse de otros colectivos homónimos y nada más. Es más, pienso que estandartes, banderas, escudos, uniformes e himnos, tuvieron su origen en la necesidad de distinguirse del enemigo ─también de amedrentarle─, para no confundirse en la selección perversa de la víctima, cuando las personas se aporreaban, machacaban y mataban en luchas cuerpo a cuerpo. Con el tiempo, y gracias al “progreso”, las distancias de aporreo han ido aumentando, hasta el punto de que tal vez ya no exista la necesidad de distinguirse, pues es absurdo pensar que alguien, por equivocación, vaya a lanzar un misil al compañero que le ayuda a colocarlo en la lanzadera. ¿Y qué pasa con los civiles?; pues nada, sólo son daños colaterales y no les hace falta identificación. Y como el sentido funcional de todo ese aparato identificativo casi ha desaparecido, y ya empieza a resultar arcaico ─no para todos─ luchar en nombre de Dios, hay que encontrar en nombre de qué se hace. Y así se mantienen los actuales ídolos de la causa: ¡por la bandera!, ¡por los colores!,… ¡por la patria! Sólo una cosa sigue igual en cuanto a colores: la sangre de las víctimas todavía es del mismo rojo para todos; y seguimos sin verlo.

Yo soy de los anacrónicos a los cuales la patria le brindó la oportunidad de “hacerse hombre” a los veinticinco años, enfundado en burdas ropas caqui que picaban lo indecible, calzando botas de media caña, correteando debajo de gorras y boinas, y arrastrando un pesado cetme ─fusil ametrallador, con bocacha apagafuegos─. Tuve el “orgullo” de pertenecer a la compañía con más tradición y dureza, con respecto a las salvajes y estúpidas novatadas de toda la España castrense; sin embargo, salvo ese periodo de tres meses, el resto de la estancia “vacacional”, siendo sincero, fue relativamente plácida, dadas las circunstancias, pudiendo entablar amistad extramuros con lugareñas y lugareños. ¿Compensó?: rotundamente no.

Casi al inicio de tan sagrada campaña, me obligaron a desfilar por delante de la bandera, haciéndomela besar mientras le juraba fidelidad y defenderla. ¿Vale un juramento obligado?

Siempre he pensado que muchas situaciones de la vida no constituyen otra cosa que montajes teatrales para sugestionar y provocar sentimientos. Y lo que suele suceder es que quien obliga es quien más se lo cree. Sólo un detalle de risa que alimenta mi recelo a las banderas: recuerdo que a la pompa y a los juramentos les sucedían los vítores patrióticos, y en los ensayos ─teatro y teatro─ nos aleccionaban de cómo había que responder al vítor de  ¡viva “lo que sea”!. Cuando, al unísono, a la aclamación se le respondía con un ¡viva!, había que pronunciar ¡PIPA!, porque si no, se escuchaba ¡ia!, y parecíamos arrieros… Más teatro.

Me pregunto que si en el caso de que una “real” quimera se hiciera realidad, habría la obligación de responder a la voz de ¡visca “lo que sea”!,… ¡PISPA!, que traducido al castellano ─o español; a mí me da igual─, sería… ¡ROBA!

He leído en diccionarios e Internet que la palabra “patria” sirve para “designar la tierra natal o adoptiva a la que un individuo se siente ligado por vínculos afectivos, culturales o históricos, o también para designar el lugar en donde se nace”. Aquí se me plantea una primera cuestión: ¿a qué se considera tierra natal? Sí, a la que uno nace, pero al concepto tierra o lugar ¿le corresponde un límite mínimo o máximo de extensión? Y otra segunda: los vínculos afectivos ¿surgen de un  sentimiento interior de cada persona o vienen impuestos por su exterior?; y los vínculos culturales o históricos ¿corresponden a un ámbito muy próximo, próximo o remotamente próximo?

Según este planteamiento y suponiendo que deba ser patriótico, he de admitir que soy raquíticamente patriota, pues mis índices de extensión y proximidad son de tal cercanía a mí, que no caben fronteras; en términos matemáticos, diría que tienden a cero.

También he leído otras definiciones, como la que dice que “se llama patria a la tierra natal de los padres de una persona, a la cual se siente ligado afectivamente sin necesariamente haber nacido en ella”, completándose con que “el significado suele estar unido a connotaciones políticas o ideológicas, y que por ello es objeto de diversas interpretaciones así como de uso propagandístico”.

Esta definición, dejando aparte de que creo que corresponde más a una opinión Wikipedia que a otra cosa, puede tener cierta lógica en cuanto al origen de la palabra patria, que viene del latín patris y que significa tierra paterna, pero a ella también se le puede plantear las cuestiones antes citadas, sobre el concepto de extensión y proximidad, incluso haciéndolo extensivo al concepto de generación.

Según esto, y teniendo en cuenta el aspecto “infimotesimal” de mi sentir, ¿cuál debería ser mi patria?; porque mis padres son nacidos en Catalunya, pero mis abuelos ninguno: los dos maternos son de Jumilla (Murcia), mi abuela paterna es de Agreda (Soria), y mi abuelo de Madrid, a pesar de tener apellido catalán. Sin embargo, todos ellos, padres y abuelos, van a permanecer más tiempo en Catalunya que en otra parte, porque aquí se encuentran reposando. ¿El interminable descanso eterno cuenta para el patriotismo?

¿Y, los ascendentes y los ascendentes de los ascendentes? Sé que tengo antepasados catalanes, me suena que los hay franceses,… y tal vez también los haya árabes, o visigodos, o romanos, o cartagineses (muy probable), etc.

Según esto ¿cuál es el grado de proximidad generacional que ha de generar mi sentimiento patriótico? Sé la respuesta de muchos: da igual, la cuestión es global; está claro que mi sentimiento patriótico debe ser el correspondiente a la patria madre en la que se resume todas las demás patrias y sentires. Pero el caso es que mi sentir puede partir de una cuestión territorial, cuyos límites, como ya he dicho, son tan próximos a mí que no caben ni las fronteras.

En términos patrios hay que distinguir entre lo que se es y lo que se siente que se es. Porque lo que se es tiene un carácter circunstancial, y normalmente viene dado de forma ajena a la persona, pero lo que se siente nace del interior del individuo. Lo que se es lo pone la madre sin preguntar y los mapas geopolíticos. Lo primero es inamovible, pero con respecto a lo segundo, pensar que también resulta perpetuo es de una necedad muy obtusa; sólo basta con repasar la historia y sus mapas. Un dato al respecto: la historia universal (forma pedante de referirnos a la de nuestro mundo), nos muestra que las configuraciones aproximadas de los países no duran más de quinientos años. Según esta estadística, España ya está por cumplir, y no encuentro razón para pensar que ésta (o Ésta para los muy patrios), por mucha “ñ” que contenga, esté por encima de la evolución geopolítica e histórica de la humanidad. O sea, que lo que soy hoy, tal vez mañana no lo sea, una vez más, tal vez, sin tampoco haberlo escogido yo,… o sí.

En cuanto a lo que uno se pueda sentir no cabe conjetura. Los límites y fronteras se las pone, si acaso, uno mismo; y para ello no hacen falta conquistas ni reconquistas, y por supuesto, tampoco es necesario que coincida con lo que se es. Y pensar que se puede imponer lo que otro deba sentir también es de un obtuso supino. Lo-que-sea-izar, simplemente, no es posible en la conducta humana, e intentarlo es mostrar abiertamente que se posee un ángulo cerebral de mucho más de noventa grados, y de lo cual resulta un efecto contrario, por el que el sentir interior se reafirma y crece.

Y, ¿qué es lo que hace que uno se sienta una cosa u otra?: ¿el nacer en un lugar determinado?, ¿tendrá que ver con lo que te han dado o lo que te han negado en un lugar u otro? Yo soy nacido en Barcelona, en la calle Aragón, pero mi sentir se reparte, concretamente, entre Gracia (barrio de Barcelona), en donde he vivido la mayor parte de mi vida, y Premià de Dalt (pueblo del Maresme), que es donde se han dado los mejores episodios y aventuras de mi vida. Para mí, mayores espacios de sentimiento existen, pero van perdiendo intensidad hasta diluirse con la distancia. Es como cuando observando un paisaje se disfruta de lo que se ve hasta donde alcanza la vista, pero existiendo, a partir de cierta distancia, demasiada atmósfera interpuesta para poder distinguir las montañas del cielo.

Creo, como he dicho, que los límites del sentir surgen de uno mismo, sin embargo, también es verdad que brumas y nieblas externas pueden modificar la extensión abarcada del sentimiento, aunque por desgracia, normalmente restringiéndolo. El maltrato, la falta de equidad, la injusticia, el menosprecio, el insulto, la mentira, el egoísmo del pensar que la solidaridad solamente tiene una dirección, el apalanque ante dicha solidaridad, los intentos de hegemonía cultural que siempre conlleva la muerte de la cultura, y otros muchos vahos, mal calificados de patrióticos, empañan la visibilidad del individuo reduciendo el área de su sentimiento patriótico, llegando al extremo de que nada es lo que parece. Hay personas con voluntad de excluirse de su actual contexto nacional, pero hay muchas otras que, aunque aparenten no desearlo, excluyen de él a los demás, y estas últimas son las que hincan a mayor profundidad las estacas de las fronteras.

Repitiendo unas palabras que leí hace unos días en la prensa, y lamentando no recordar quien las escribió, quiero decir que a mí no me da miedo ni la cohesión política sin hegemonía que respete la individualidad, ni tampoco me da miedo la independencia. Sin embargo, y siendo éstas palabras mías, lo que sí me da miedo es el escuchar ciertas frases en los medios de comunicación, como por ejemplo la que dice que “Cataluña es de España”, cuando se quiere decir que Catalunya es España. Estas formas resultan delatadoras de un sentir patriótico muy preocupante para un país que se autodenomina democrático, poniendo en evidencia lo que se entiende, por parte de muchos, cuando se dice que España es “una”.

Pero lo que definitivamente me da verdadero pánico ─y también risa─, es que un ex presidente, y político aparentemente en la sombra, explique en sus memorias, que después de salir milagrosamente con vida de un atentado, Dios le dijera en sueños que le había dejado vivir porque le tenía encomendado el liderazgo de la humanidad.

Después de estos dos disparatados sinsentidos no me parece excesivo despedirme, en esta primera epístola, con sendos

“¡PIPA España!” y/i “¡PISPA Catalunya!”

Fede Fàbregas